Manuel Cachán | |
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Professor of Latin American Literature (Tenured) | |
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Valdosta State
University Department of Modern
and Classical Languages Valdosta, GA
31689 (229) 333-5948 |
Esta mañana me pareció que ya todo se había terminado inesperadamente. La vi diferente sin las alas. Era como cualquier otra mujer que durante veintitrés años hubiera vivido con un hombre como yo, hasta cierto punto hastiado de vivir con ángeles. La vi empacar sus cosas y dirigirse a la puerta de la calle sin despedirse de mí. Pasaría una semana antes de que volviera a saber de ella, pero en ese momento no me importó porque sentí que un nuevo mundo de aventuras se abría ante mis ojos. Por eso dejé que mi padre terminara de hacer sus maletas y comenzara a llamar al resto de la familia que vivía con nosotros. Todos habían decidido dejarme solo, al igual que lo habían hecho treinta años cuando salí de Marianao sin nadie, huérfano de afecto, y con casi toda la familia en Colón: mi padre José Antonio, mi abuela Vivian, mi abuelo Ramón, mi primo Tony, mi hermano Jorge. Pasarían varios años, cuando se reanudaron los vuelos de los presos políticos de La Habana a Miami, que se montarían todos en un avión y se vendrían conmigo a Hialeah. “Esas son las estadísticas de las que nadie habla --me comentó Ramón en la primera noche que pasamos juntos en Miami--. Los cementerios cubanos se están quedando vacíos, porque los muertos no necesitan visas”. Después suspiró y me indicó la figura de un anciano taciturno que cruzaba la calle frente a nosotros, cerca del parque del dominó en la Pequeña Habana: -¿Lo conoces? Mariano Martí, el padre de Pepe. Se vino para acá hace dos años buscando a su hijo...
Se marcharon en silencio, casi sin despedirse, al igual que mi mujer bíblica: con maletas y todo, sin mirar para atrás. Nunca le había preguntado a ninguno de ellos para qué necesitaban los muertos las maletas o por qué era necesario que se fueran de un sitio y dejaran abandonado al único ser que les quedaba con vida. Estoy seguro que no me hubieran respondido porque hay ciertas cosas que no pueden explicarse y aunque quisiéramos darles sentido sería imposible asimilarlas.
Esa tarde me llamó mi hija. Parecía que lo hacía desde algún sitio en el extranjero porque su voz sonaba alejada, casi con un eco que después de veinte años oyéndola me costaba trabajo comprender ahora. Como siempre, me pidió dinero y me comentó de la lluvia, de mi maldad congénita, del olor a cementerio de mi casa, y de las semillas de alcanfor que me habían comenzado a crecer en los oídos.
- ¿Cuándo vienes a recoger las alas de tu madre?
Como siempre, no me contestó. Parecía que había hecho del silencio otro
cómplice de mis desventuras. Suspiró largamente y colgó. Antes que lo hiciera me pareció escuchar a través de la línea telefónica el llanto quejumbroso de una sirena en una playa desolada del Caribe. Después el silencio fue abrumador.
Para diciembre me sentía un poco mejor pero todavía las alas de mi mujer continuaban llenándose de polvo detrás de la puerta de la alcoba, mi hija no había llamado más, y mis parientes, que se habían ido su música fantasmal a otra parte, ni siquiera sabían cómo yo estaba. Me sentía como si alguna misteriosa fuerza me hubiera quitado el piso con que camino.
Por eso me fui a Guadalajara. Nunca había estado allí y ahora recuerdo a la ciudad tapatía como la memoria de un sábado a las tres de la tarde, embargado por el canto gregoriano que salía de la catedral y el olor a incienso que llenaba dulzonamente las manzanas aledañas al majestuoso edificio lleno de pasadizos secretos, arzobispos ensotanados de rojo, pese a la ley, y una fe cristiana enraizada en los mil años de los aztecas. Allí conocí a Eugenia. Cuando la vi por primera vez traté de encontrarle algún parecido con las mujeres que había conocido en mi vida pero mi memoria se perdió entre laberintos asustados por los recuerdos del porvenir, y me humillé a mí mismo hurgando entre las pertenencias de su rostro y su nombre apuntando al azar en mi futuro. De regreso a Miami la fiebre fue como un frenesí de amapolas en un desierto de amarguras –y su esto suena cursi, pues no han oído nada todavía--, pero las alas de mi mujer continuaron llenándose de polvo detrás de todas las puertas de la casa hasta que llegó un momento en que no tenía más puertas y las subí al ático.
La primera vez que hice el amor con Eugenia me vi auscultándole la espalda, buscando afanosamente las protuberancias que casi todos los ángeles tienen pero sorprendido sólo encontré los omóplatos y dos o tres lunares. Entre canción y canción escuché las frases que antes no tenían sentido para mí: la pasión y el enigma de la posible vida diaria, el respeto a la vulnerabilidad del amor, la importancia de dormir con las puertas cerradas de la memoria, la individualidad colectiva creando juegos de salones nocturnos, la realidad material, la realidad subjetiva, la realidad espontánea del sexo y, por fin, el gusto al que le dábamos su más alto denominador. La visión de su cuerpo desnudo y dormido junto a mí fue tan confusa y poderosa que me sentí mal ante tanta felicidad y me vi obligado a detenerme, cerrando los ojos, asumiendo todas las situaciones que en ese momento me embargaban, repitiendo en silencio el inicio de una aventura que había jurado ser totalmente disponible a la espontaneidad de las sugerencias, a la inteligencia afilada por los accidentes azarosos del camino que emprendía: negándome a rehusarlas, ocultándolas bajo la mano pecosa de la mujer querida, detrás de los párpados gruesos de mi insomnio, entre el silencio abrumador de los sucesos que me embargaban.
A la quinta semana, después de aquella noche jalisciense, me di cuenta que ya no tenía en la vida ni siquiera a los fantasmas de mis antepasados. Eugenia me llamaba por teléfono casi todos los días pero el eco de su voz, como la de mi hija, se perdía entre la memoria de las sábanas. Entonces comencé a notar que las paredes de todas las habitaciones de la casa comenzaban a estrecharse, casi siempre a las siete de la tarde. Hice unos cálculos rápidos y comprobé que los mil doscientos cuarenta pies cuadrados donde vivía, si continuaban encogiéndose, me llegarían a comprimir totalmente en siete semanas, seis días, trece horas y veintinueve minutos. Era tiempo de irme. Pero, ¿adónde?
Le escribí a mi mujer explicándole la situación de la casa y el sitio exacto donde se encontraban sus alas. A mi hija, a quien ya le había escrito una carta de catorce páginas que nunca tuvo respuesta, le dejé grabado un mensaje en mi máquina telefónica de respuestas. A Eugenia le envié una docena de rosas diciéndole lo mucho que la quería. A mis parientes los fantasmas, como no pude localizarlos, les dejé una nota con mi próxima dirección que estaba seguro que iba a confundir mucho a la policía. Pagué el recibo de la luz y después, tan lentamente como lo había decidido, acaricié el gatillo del revólver y me pegué un tiro entre las cejas. El cuerpo lo encontrarían dos días después, ya apestando, entre el mosquero que me condenaba al terror de la extinción parcial dentro del equilibrio de la muerte. Yo me fui esa misma noche al aeropuerto de Miami y tomé el primer avión de regreso a Cuba. Esa noche me enteré que los fantasmas cubanos de los cementerios de Miami lo hacían diariamente. Los treinta y nueve que viajábamos de regreso no íbamos a necesitar zapatos, ni ropa, ni comida, ni tarjeta de racionamiento, ni electricidad, ni nada. Nos esperaba sólo La Habana, con empleados socialistas en mangas cortas y sonrisas moriscas auspiciadas por la carencia absoluta de esperanza. Allí en la ciudad que tanto habían disfrutado mis abuelos antes de sus muertes, deambularíamos eternamente entre los leones del Prado, el sonido del arrecife, el calor agotador de las tardes de agosto, las lunas de mayo, los fríos de diciembre, con todos los demás espíritus que como en mi niñez llenaban las noches habaneras; esta vez sabría Dios, o Lezama, hasta cuándo...
© Manuel Cachán
Puente Libre (México), 1995.
Las
moscas
Me hago invisible y en el reverso recobro mi cuerpo. Me pongo el sombrero que me da esa dignidad histórica y me vuelvo imperceptible para los ojos humanos. Soy prisionero de datos más concretos que una piña criolla, a la que le he escrito un poema que me hizo recuperar los amaneceres que no he visto por tanto tiempo y que se habían perdido entre las algas del mar. Por eso el lenguaje se ha vuelto para mí una relación metafórica con la realidad. Algo diferente a cualquier misterio anterior que me inculcaron de niño. La invisibilidad es como una colorinesca vestidura que me deja escapar de la lluvia que me inunda el alma. Entro por la mañana a la oficina y antes de quitarme el sombrero nadie me persigue. No sé cuanto dura este estado que he descubierto. A veces es todo el día porque nadie me dirige la palabra, nadie se acuerda que existo ni siquiera cuando me cruzo con ellos. La invisibilidad duele, porque aunque quiero pasar desapercibido, el acto es en sí un repudio a mi persona. Por eso decía al principio que el lenguaje se ha vuelto un acto metafórico de profundas resonancias espirituales.
La crisis comenzó como empieza todo entre un hombre y una mujer que han vivido tanto tiempo juntos sin saber que ya no se quieren. Tengo que reconocer que la invisibilidad no ayudó en nada, quizá hasta agravó las circunstancias que nos hicieron terminar con tantos años de servidumbre emocional. Primero fue la crianza de los dos hijos que con el tiempo se hicieron entidades independientes. Después fue la profunda soledad que deja una casa cuando los chillidos, los llantos y las quejas infantiles dejan de tener resonancia. Después fue la experimentación con el sombrero que me hacía invisible. Casi fue por accidente: el frío arreció afuera y busqué en el closet un sombrero. Me encontré con la boina negra de mi padre que guardaba como recuerdo. Me paré frente al espejo y de pronto, sin nada más, sin sentir que el mundo se acababa o que un dolor me penetrase, o que la angustia me obligase, me volví invisible. Nada estaba frente a aquel espejo. Me toqué, me sentí los miembros, me pellizqué, di brincos: nada, un absoluto vacío entre el espejo y la pared a mi espalda. La angustia me embargó, llamé a mi mujer y aunque ella entró al baño no me vio, caminé por toda la casa y los gatos me ignoraron, o no me vieron. Visité al vecino, casi llorando, desesperado: lo vi recoger las hojas secas del otoño que se acababa, él no me vio, pero yo si vi a su mujer bañándose, desnuda, enjabonada, sin percibir que yo estaba allí observándola de arriba abajo. Deambulé por las calles, totalmente ignorado. Regresé a la casa y en el mismo momento que me senté en la sala, me quité la boina de mi padre y me propuse morirme allí, esperanzado que el olor a muerto me delatara. De pronto recuperé la corporeidad. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Sería la boina? Me alegré, me sentí nuevamente humano, quise echar el maldito sombrero en la basura, desprenderme de aquel objeto que casi me volvió loco. En las dos horas que había estado fuera de la casa mi mujer no se había dado cuenta de mi ausencia. Estaba frente al televisor y no supe cual era más foráneo para mí: o el televisor hablando en lenguas ajenas, o aquel cuerpo humano sin ninguna candidez. Comencé afanosamente a buscar mis fotos de la niñez: en ellas estaba mi padre asturiano, vestido de trabajo los miércoles y de traje los domingos. Siempre con la boina negra, caída al lado derecho de su cabeza, haciéndose fracción de aquella sonrisa que tanto yo había querido y que ahora era parte de un cementerio y de mis recuerdos. Ninguna foto lo mostraba invisible, en todas las que tenía de mi familia, allí estaba él corpulento, sonriéndose, abrazándonos, casi satisfecho. Lo fuimos todo para él. No dejó monumentos, ni grandes lonjas que ostentaran su nombre, ni negocios, ni siquiera mucho dinero. Mi madre lo pasó muy duro después de su muerte. Nos legó su vacío, la invisibilidad de su muerte que nos persiguió por muchas décadas, que aún continúa existiendo entre nosotros en esos días que la nostalgia se vuelve una melcocha en la memoria. Comencé a murmurar entre mis labios sentencias lentísimas que evocaban su nombre, tejiendo como figuras de gruta, aquel habitual traqueteo de huesos que añadía solemnidad a su recuerdo. Después de aquel extraordinario día me quedé dormido en el amplio butacón de la sala y allí permanecí creo que por días porque era viernes y no tenía que ir a trabajar hasta el lunes. Recuerdo darme cuenta que mi invisibilidad era doble y que se perdía en intrincados recovecos de mi existencia.
Las únicas que me pueden ver son las moscas, quizá por esa múltiple visión que sus ojos tienen o quizá porque ellas odian la invisibilidad y tratan de apoderarse de todo una vez que algo comienza a pudrirse. A veces, los miércoles por la tarde, cuando la monotonía me embarga y la rutina se vuelve una pesadez casi imposible de soportar, me pongo la boina de mi padre y salgo a caminar por las calles del vecindario comercial donde trabajo. No sé qué pensarán de mí en la oficina con mis supuestas ausencias pero sospecho que si me desapareciera por años nadie se daría cuenta, o pensarían que habría ido al baño o a buscar algo en los archivos que están en el quinto piso, alejados de todos y donde nadie, salvo una secretaria con mal humor y con deseos de salir de allí tan pronto como terminase, se atrevería a aventurarse mucho tiempo. He pasado muchas tardes en esos archivos, haciéndome el ocupado frente a una fuente de papeles envejecidos, oyendo los pasos trajineros de los que llegaban malhumorados a buscar algo. Siempre he pensado que mi trabajo no es importante, que si mañana desapareciera nadie se daría cuenta de los que he hecho todos estos años. Mi jefe dice que no, ¿quién haría los “Estados de Comunicación?” –me contestó intrigado un día que se lo comenté. Hasta ese momento ignoraba totalmente que yo era responsable de los “Estados de Comunicación”, y aunque me obligasen ahora sería incapaz de explicarles que es eso. Por eso aquel día la conversación terminó abruptamente no fuera que mi jefe se enterara que ni siquiera yo hacía los “Estados de Comunicación” y allí mismo perdiese el trabajo. Ahora cada sábado visito a la vecina en su ducha: Es un cuerpo primoroso, esbelto, de trigueña esbozada por la espuma del jabón que le resbala por los muslos, que se detiene temporalmente en el abundante pelo del pubis que observo con la candidez de la derrota. El ámbito de la araña, recuerdo con nostalgia, es más profundo que el del hombre pues su espacio es un nacimiento derivado. La araña es el portero que domina el preludio de los traspasos, las primeras metamorfosis de lo visible. Me toco el cuerpo y siento la redondez de la erección y a ella allí, ignorando mi presencia invisible que se hace prematura con mi eyaculación. Después descanso de pie, viéndola secarse la piel, lustrosa por la juventud, que se vuelve lujuria en mis ojos asombrados. Como toda rutina, el tiempo se vuelve otra vez aburrimiento sin regreso. Después alguno que otro sábado, sin la boina puesta, veo su silueta subir sudorosa la escalera que la lleva al baño y no estoy tentado a hacerme invisible porque ya la fantasía ha sucumbido ante la derrota del deseo.
He tratado de encontrar algo que me saque de este vacío en el que estoy, que me ha hecho perder mis insomnios de viejo, pero de pronto he comprendido que ya no tendría valor para mí si ella no se dejase ver desnuda. Era eso lo que necesitaba: echar el alma por la boca, tratar de percibir los primeros fulgores de cualquier horizonte, preguntarme de un modo que fuera casual, ¿qué harías si conocieras a alguien que es parte de ti, que fuera de tu sangre? Las carcajadas de estos enanos que tengo en la cabeza tienen una anchura de hondas semejantes a los rostros vacíos que me cruzo por la calle. Son como lazos negros, del tamaño de murciélagos gigantes, que forman una robusta vulva de mujer opulenta en mis recuerdos. Como mugidos de toros asesinados en domingos de faena, estoy tratando de encontrar los ladrillos del horno de mi vida. Por eso, en la biblioteca, me dedico afanoso a buscar a otras personas que lleven la célula de mi identidad.
Me he encontrado con esta persona con un apellido que es igual al mío. Mi abuelo decía que si alguien llevaba nuestro nombre era de nuestra familia. El nuestro no es un apellido corriente. Cuando estuve en España lo busqué entre los nombres de familia oficialmente peninsulares y no lo encontré. He sospechado que nos lo legó algún soldado francés que invadió a España con las tropas napoleónicas. Después, revisando un libro de geografía del siglo xviii, me lo volví a encontrar en una villa asturiana, que se llamaba igual que nosotros, en Castropol. Se desapareció del mapa español en el siglo xix y aunque dicen que hay una provincia en Irán que se llama igual que nosotros no creo que seamos persas. En Rosario, Argentina, hay una familia que también lo usa. Cuando me comuniqué con ellos tuve la agradable sorpresa de saber que eran descendientes del hermano mayor de mi abuelo. Nunca los conocí personalmente y aunque hemos perdido todo contacto, siempre me los imagino como una copia al carbón de mi persona. En estos días continúo preguntándome si también tienen la habilidad de hacerse invisible como yo. Sé también que hay gente en Buenos Aires, judíos polacos, que se llaman igual que mi familia. Con Samuel, que tiene una fábrica de radiadores en un suburbio comercial de la ciudad, me comuniqué alguna vez y supe por él que también su abuelo podía desaparecerse cuando se ponía el sombrero. Nos escribimos un par de veces y él tuvo la confianza de contarme la exterminación de toda su familia por los nazis. Su abuelo también fue asesinado porque cuando lo fueron a buscar para encarcelarlo se le olvidó el sombrero en la casa y esa fue su perdición final.
Esta mujer que me he encontrado en la guía telefónica se llama igual que mi madre. Hemos hablado un par de veces y sé que no me tiene confianza. ¿Quién la puede tener? Imagínese usted que alguien le llame por teléfono y le pregunte si usted es familia. La paranoia es algo natural en todos nosotros, por eso sé que mi respuesta, al igual que la de ella, sería una rotunda negación. ¿Qué me querrá vender? ¿Qué busca? Esa reacción natural me ha hecho comprender que ella es familia. ¿Pero de dónde viene? He encontrado tan natural su suspicacia que nuestras características genéticas se manifiestan en su risa universal y genuina del desengaño que se niega a enfrentar. Esa ambivalencia no rechaza nuestra seriedad, sino que purifica nuestro dogmatismo, desestima la intolerancia y nos petrifica. Ella, al igual que cada uno de los que lleva nuestro apellido, se ha liberado del fanatismo, de la pedantería, del miedo, de la intimidación, del didactismo y de la ilusión a través de la sentimentalidad. Por eso su risa no le permite que la seriedad la desgarre, porque de lo contrario nos haría incompletos para siempre. Ella, con esa actitud que muchos calificarían de paranoica, restaura la ambivalente integridad de su persona. Tal es la función de su risa en el desarrollo histórico de nuestra identidad cultural, en estas cortas llamadas que nos hemos hecho.
Vive en Alexandria, que es una ciudad del Estado de Virginia. He estado tentado a ir a verla, de aparecerme en la puerta de su casa e invisible observarla de arriba abajo. Encontrarle algún parecido con mi madre, a la que ya hace tanto tiempo que no veo. Pienso que es mejor crearle poco a poco la confianza. Escribirle cartas tranquilas que le digan de mi familia asturiana y de mis parientes judíos, y quizá también de los que sospecho son musulmanes. La Habana no será una ciudad tan aristócrata como el Buenos Aires de Borges, con sus zaguanes enternecidos de penumbra y de ocaso, o sus ávidas calles casi como yo, invisible de habituales. Pero hubo un tiempo en que en ella podíamos encontrar delicias de confitados y almendras, de jamones al salmanticense modo, frutas, pastas austriacas, licores extraídos de las ruinas pompeyanas –como ha dicho Lezama, mirando a alguien soslayadamente de arriba abajo, entre el espeso humo de su habano que proyectaba toda la candidez de una época ya ida para siempre.
No sé, esta persona que lleva mi apellido, que habla el inglés sin acento porque nació y se crió en Virginia, que quizá no renovó sus votos de castidad cuando los vecinitos de al lado la sorprendieron haciendo sus necesidades al aire libre, había pasado las lentas horas de su infancia contemplándolas con un asombro casi místico, convencida de que tenía su apellido porque, como casi todos nosotros, era capaz de furiosas venganzas de amor. Me la he imaginado alta, de mediana edad, con una de esas miradas que la colocan en el justo equilibrio de la invención. Al igual que yo dispuesta a hacerse invisible cuando lo deseara, pero incapaz de hacerlo porque dos o tres generaciones del frío sureño, masticando las palabras del injusto Albión con la suavidad de las penumbras, la habían hecho vulnerable a la sangra vegetal. ¿Estaré equivocado pensando en esta forma? ¿Imaginándomela como que las aguas llovidas de todos estos años habrán destruido generaciones genéticas que tan particularmente nos identifican en el universo? ¿Será rubia? ¿Tendrá los ojos azules? ¿Qué contraste podré encontrar con un ser que, a la misma vez que está ligado a mí por embriones que no controlamos, es capaz de haberse transformado en un monstruo consumista al igual que todos mis vecinos? ¿Se podrá hacer invisible como puedo hacerlo yo?
Las moscas han vuelto a renovar su acecho. Basta que me ponga la boina y me confunda con las moléculas del aire, para que un enjambre de ella se pose sobre todo mi cuerpo y me den forma visible otra vez: parezco un monstruo de negritud alada, con millones de ojos que lo perciben todo y que se mantienen inconmovibles sobre mi persona. Me quito la boina y las moscas se van, me la vuelvo a poner y regresan, por lo que la invisibilidad dura poco tiempo, setenta y siete segundos para ser exactos. Lo he probado todo: repelentes, perfumes, aceites, jabones, todo, y continúan regresando. La semana pasada me fui de viaje a Alexandria, Virginia, para ver a mi parienta. En mi maleta llevé la boina, con la idea de visitarla sin que ella lo supiera. Las moscas llenaron el cuarto de mi hotel y me vi claramente en el espejo del baño. Toda esa noche, en esta pesadilla de locura, las maliciosas interlocutoras de mi mente me decían que la ingenuidad de mi presencia sería destruida por las moscas prietas. Todas esas moscas se fueron agrandando en mi cuerpo, se hicieron por si solas parte de mí. Y así toda la noche, pavor tras pavor. Sin que fuera una pesadilla, o un sueño. No me quedó más remedio que tomar una resolución esa madrugada. Al día siguiente, casi sin ser yo por lo cansado que me sentía por la mala noche, me aparecí en la puerta de mi supuesta parienta. Me encontré con esta mujer, vestida de negro, de la misma edad de mi madre, extraordinariamente igual a mi madre, con su misma sonrisa y aquellos ojos españoles. El tiempo había transcurrido, casi tres décadas de infiernos expatriados, pero nada había cambiado en ella, ni en mí. Sabía que era mi madre: me lo decían sus manos frágiles, me lo repetían sus ojos agradables, lo reconocía en su voz anglosajonada por tantos años de exilio, al igual que la mía. La llamé madre, mamá, mami, con una ternura que penetró toda mi persona, que me despojó de todo miedo, que me hizo sentirme obligado a tomarla en mis brazos y abrazarla. Me rechazó. Después lo demás es historia, mía y de la policía. Les tuve que demostrar que esta mujer era igual a mi madre y les enseñé una fotografía. Su nombre y apellido, el de mi madre, en un viejo pasaporte cubano y el de la mujer que no hablaba español, eran iguales. Les dije de los ojos, de los pechos que me amamantaron cuando niño, de la mata de tamarindo de nuestro patio habanero, de las excursiones a Jaimanitas los veranos calurosos, de la guagua De La Salle que me recogía amaneciendo, de los olores de la guayaba que casi no recordaba, del sabor de los mangos que me enternecían la memoria, de la resistencia de los pinares, del salitre del agua que rompía el muro del malecón. Les hablé de Martí y de Lezama, del Conde Pozos Dulces y de Maceo, de la concentración de Wayler, y del Trío Matamoros, les dije de mi hijo que mi madre casi no conoce, y les expliqué quién era Máximo Gómez, pero no me entendieron. No sé si porque les hablé muy rápido o porque se los dije con gesticulaciones habaneras: animándoles con mis manos, enfatizándoles con mi pelo, mirándoles con mis piernas, caminándoles con mis ojos. Se los repetí, día tras día, pero no me entendieron. Al igual que al médico del hospital, y al siquiatra del asilo donde me internaron, pero no me entendieron. Lo terrible de todo era que ahora, cuando más la necesitaba, la boina no me serviría para nada porque las moscas la habían hecho inservible, absurdamente superflua...
© Manuel Cachán
Postmodern Notes (Otoño 1998)
Las
auras tiñosas
De nuevo han venido los gallinazos a posarse en el poste de teléfono que está frente a mi casa. Aunque mis dos perros blancos se cansaron de ladrarles, las aves obscuras los miraron con cierta resignación y optaron por la mansedumbre del silencio. Después les entré a pedradas, pero todo fue en vano porque casi le rompo la ventana a la vecina escritora. Así que los he ignorado, esperando que el frío de una de estas madrugadas invernales los deje sin plumajes. Hace dos semanas que están allí, observando con detalle mis entradas y salidas. A veces, cuando nadie los está viendo, vuelan sobre el techo de mi casa y comienzan una extraña ceremonia difícil de concebir en otros animales que no sean gallinazos. He tratado de asustarlos acercándome a ellos sigilosamente, pero me miraron con tranquilidad desde sus alturas de dioses impasibles y nada les hizo moverse de sus sitios.
Todos los intelectuales son peligrosos, pero las puras mentiras lo son más. Por eso esta mañana, ante mi sorpresa, de una manera febril, apasionada, casi impersonal, mi vecina sacó la escopeta y le disparó acertadamente a los gallinazos. De seis que eran, cuatro murieron instantáneamente. Los otros salieron revoleteando asustados por el grito de la pólvora y desde la otra cuadra observaron a la mujer, escopeta en mano, salir a la defensa de su paranoia. Ella lleva varios años pensionada de un banco local y después de mucho tiempo de sucumbir a las tentaciones de la ordinariez, se ha ganado varios concursos de poesía, y uno regional de novela, que le ha dado cierta notoriedad en el pueblo. Nunca la he podido leer porque no me saluda; y como no lo hace, es imposible que yo me vaya a meter en el libro de alguien que es incapaz hasta de darme los buenos días. La vieja, por su edad, me parecía que se acercaba a los innumerables espejos que pueblan el universo y bastaba recordar que los soldados en la guerra (¡y la vieja se creía uno!), cuando no tienen donde guarecerse, les sirven de diana a los francotiradores, sobre todo cuando llevan insignias en los brazos y se declaran mortales, o capaces de morir en una guerra que no han organizado. Bastaba verla parada allí, aún las plumas negras rompiendo espejismos del cuerpo de los gallinazos para saber que dentro de su dormitorio las sábanas lanzarían un chillido fúnebre al verla desnuda. Los despojos de las aves ya sin rumbo, desfallecidas por la muerte, parecían también hacerse la misma pregunta que he oído muchas veces en estos días, quizá como un recordatorio a Martí: “¿De qué son las entrañas de los buitres?”
Los majestuosos colores de la sangre y de la congestión cerebral, hicieron que dos días después las campanas de la iglesia comenzaran a tañer por la vieja asesina de las aves negras. La enterraron mucho antes de que los dos gallinazos regresaran, pero me sospechaba que por sus tentativas solapadas, los dos animales sabían que la facinerosa que había matado a sus hermanos había también entregado su serenata de piano a la divina comedia de la vida. Murió porque estaba viva, no necesariamente porque tuviera achaques que la hicieran recipientes de dolores nocturnos o vahídos matinales. Se murió como se morirán algún día estas líneas de tanto resurgir entre los textos ajenos. Me hubiera gustado habérmela encontrado: desnuda sobre la cama, fláccidos los músculos, arrugado el entrecejo, la mirada azulosa en el brillo del coronamiento, y el vestido aún lleno de plumillas negras, residuos de los animales que una vez también conocieron el final. Pero no, como siempre sucede en estos casos, una sobrina que ni siquiera la visitaba regularmente, alentada por los derechos de autor que la vieja aún no había cobrado ese semestre, se apareció en la casa, llamó a la policía y con el televisor encendido, una caja de cigarrillos ya fumados en el cenicero y la mirada perdida en casa de la mierda, la diagnosticaron fallecida. El olor de la muerte que llega ya había inundado paredes y alacenas, láminas y globos oculares, aquel brazo recorrido por la untuosa saliva de los gusanos, el irreprochable ángulo de los cristales de la ventana, las sombras diestramente logrando las pesquisas del acomodamiento. En fin: la nítida sustancia del artista que muere en la soledad de la convocatoria, asediada por el encandilamiento de las luces postreras.
A la mañana siguiente recibí una llamada de mi casa donde se me decía que mi abuelo octogenario había muerto. La noticia no hubiera tenido la mayor trascendencia si no fuera porque mi abuelo Emilio, el padre de mi madre, ya hacía catorce años que había muerto, y mi tío Marcelino, o quién así se había identificado en el teléfono, llevaba también ochos años fallecido. No sé cómo tomé la broma. Quién la había hecho sabía exactamente de mis estados anímicos actuales y era gran conocedor de mi parentela, viva o muerta. Esa tarde llamé a mi casa y nadie me contestó. Dejé que el teléfono sonara apasionadamente por casi cinco minutos, pensando que la gente estaría en el baño o en el patio, limpiando el corral de las gallinas. Cuando llamé esa tarde, ya casi a las seis, la misma voz que me había llamado me saludó sin confusiones. El tío Marcelino habló desapasionadamente de la muerte del abuelo Emilio. Contó que se había caído de una mata de aguacate en el patio del vecino y que al resto de la familia le llevó horas entregarlo. Después detalló macabramente el estado de rigidez de su sonrisa perdida, los dedos inflexibles al tacto, y el cráneo canoso sepultado por cientos de aguacates maduros. Cuando colgué no supe que pensar. Miré la hora, el calendario en la pared, dibujando el mismo año, mes y día en que vivíamos. Me asomé a la ventana y allí, sobre el poste del teléfono, vi a los gallinazos oscurecidos por la luna nueva esperando pacientemente mis buenas noches. Me fui a dormir sin dárselas.
Me levanté taciturno al día siguiente, pensando en aquel verso del Arcipreste que pedía buenamente otro día para “hablar” solamente. ¿Con quién? Mi soledad es un falo escondido entre las piernas que en mañanas como ésta se levantaba emocionado, emocionado... Quizá porque el viento del norte barrió las nubes pesadas y la muerte no admitía escrúpulos, el perfil urbano de la ciudad limpió el sueño pesado que como una sirena silvestre se cubría de guirnaldas fantásticas, y a las tres de la tarde por fin me levanté. Por falta de variedad tengo que quejarme de las parejas que ya han previsto sus vidas con caracteres anticuados, también ensayar muecas que sean más humillantes que el cuerpo llamativamente esbelto de esa vecina quinceañera. La soledad de un hombre viejo y solitario como yo es la antesala de una muerte apurada, como la primera taza del café mañanero: azul en los bordes y blanco y elegante en las vertientes, pero negro y profundo en su contenido. Me hubiera gustado llorar un poco, aunque fuera una escaramuza de lágrimas que le diera cierta calidad de soledad a mi silencio. Pero no. La persistencia de los dos animales presagiosos seguía frente a mi casa y como las cabezas de una hiedra continuaban enviando su mensaje de eternidad inconclusa.
Hace ya como tres décadas, cuando era vecino de Lezama en la Calle de San Lázaro, tuve que irme del barrio porque una pandilla de facinerosos me hizo la vida imposible. Todo comenzó como cuando empiezan las cosas cuando son del alma: un poco de pesadumbre, una discordia con doscientas imágenes reducidas a dimensiones grotescas, un vehículo tomado apresuradamente de madrugada para huir de los villanos y después un largo deambular entre las cenizas de los recuerdos y los sueños del porvenir. Allá le decían auras a los gallinazos y se apostaban entre las guardarrayas verdes que como el trigo dulce había hecho de la isla un fuerte de vientos huracanados que inexactamente pronosticaba un capitán de corbeta cada temporada. Pero también se aparecieron como ahora: con sus alas abiertas y sus picos hambrientos, destruyendo a su paso a los animalitos más indefensos y atacando a las cizañas que habían hecho de la realidad una gama de viejos desengaños. Las auras, como alfileres diabólicos, convertían en enanitos corrompidos a aquellos que sólo habían conocido anteriormente la ambición del oro y el preludio del sueño. Después el tiempo me tuvo compasión y no tuve más nunca pesadillas.
El 24 de octubre yo me tenía que morir, pero como mi abuelo Emilio y mi tío Marcelino, volvía a la vida y me negaba a irme. Ese día, exactamente nueve días desde la llamada de tío Marcelino, el teléfono volvió a sonar. Era mi madre. En esto no había nada de particular porque mi madre, aunque muy anciana, continuaba dándome el solaz de su existencia. Nuestra comunicación era esporádica, casi siempre cuando sus necesidades la obligaban a dejármelo saber. Me habló, como siempre lo hace, con una fluidez que negaban sus años, cariñosamente. Me dijo que tío Marcelino se había apoderado de la casa y que usaba el teléfono continuamente, llamando a todos los de la familia para decirles que abuelo había muerto esa tarde. Me habló de limpiezas con albahaca y rompesaragüey, del jazmín de la tierra, para conservar la juventud y tersura de los senos, de las vanas del framboyán para llamar a Oyá. Pero también me habló de sus miedos a la muerte que se acercaba. De las contrariedades de tío Marcelino, no sin dejar de aclarar que le servían de sosiego porque ahora la acompañaba todo el tiempo. También me dijo que el abuelo Emilio se había caído de la mata de aguacate después de beberse una botella de aguardiente de caña con agua de coco, algo que el tío Marcelino nunca se perdonó porque él se la había regalado el día de su cumpleaños. Volvimos a hablar de los amigos de la niñez, aquellos que había conocido cuando aún no existía la venganza del olvido y las manos se apretujaban contra los pechos en abrazos cordiales. Lloré un poco con ella porque la pérdida de un amigo deja un sabor a diálogo perdido, a infinitas ternuras olvidadas entre los orgasmos de la divinidad. Cuando colgué supe que ella moría esa noche y así nos despedimos, esta vez sin lágrimas porque al final lo que contaba era su sosiego y tranquilidad. El teléfono me envió el eco de un beso que hacía años no experimentaba. Después, cuando me asomé a la ventana para ver si era verdad que las estrellas continuaban encendidas, me di cuenta que las auras tiñosas se habían ido y me habían dejado en una profunda soledad.
© Manuel Cachán
Caribe (June 1999)
La
reencarnación de los difuntos
Cuando me avisaron que Beli se había muerto pensé en ese noble poeta que ha escudriñado los ecos de la tarde entre las ruinas de viejos encinares. Deseé levantar con el puño reseco la tapa del féretro y pensar sin temores en la escarpada orilla de la fiebre. A los que no hemos nacido, como Beli y yo, en Noultrie, o en Dalvospa, Quimán o Fifton, en este sur de Georgia donde hemos vivido por algunos años, la muerte nos sorprende con su condición de oportunista y deja un sabor, desalentado a los que quedamos vivos. Es como beberse un enorme trago de veneno con lasciva candidez y después dejar que las nobles ambiciones nos abracen las entrañas.
Ramón me llamó desde Miami para decirme que vendría al entierro, también lo hicieron Jorge y Eddy. José Antonio, como siempre, se disculpó. Tony se subió en California en el primer avión que encontró. Llevábamos tanto tiempo juntos, que la vida sin la presencia de Beli dejaba un vacío que sólo la visión de su cuerpo pudriéndose podría detener toda nuestra jerga enternecida. Después que del hospital me comunicaron la noticia, me llamaron dos o tres funerarias para las gestiones del entierro. Me decidí por una de negros porque estoy que Beli no hubiera deseado que lo enterraran en el lado anglosajón del pueblo. Me había designado su ejecutor testamentario y los registros del hospital daban mi nombre como el del familiar más cercano. En realidad no éramos familia biológica sino hermanos en la amistad más entusiasta que me he encontrado en mi vida. Beli nunca me falló, siempre estuvo conmigo en los momentos más difíciles, inclusive cuando mi hijo decidió desaparecerse de mi vida una mañana de julio en Boston. No he encontrado amigo más leal e incondicional. Los he tenido rubios y negros, flacos y gordos, comunistas y republicanos, católicos y ateos. Pero cada uno, cuando la presión de la vida les entorpecía su visión, me fallaron. A veces fue debido a que deseaban que viviera mi vida como ellos querían, otras por el simple temor de sentirse defraudados ante consejos mal dados. ¿Pero, para qué especular, verdad?
Dorothy, mi vecina americana, me trajo un arroz con leche que Beli le había enseñado a cocinar, y me dio el pésame. Los americanos que vivían en su barrio ni se enteraron de su muerte porque nunca le habían saludado en los sietes años que allí vivió. Lo veían todos los sábados por la mañana cortando su césped, o poniendo el periódico en la puerta de una vecina paralítica, o comprándoles a sus hijas las galleticas de los girlscouts. Pero nunca le dieron los buenos días, ni le sonrieron. Cuando la primera familia negra se mudó a su cuadra, Beli fue a darle la bienvenida amistosamente, pero después se enteró que habían decidido mudarse porque había muchos “Mexicans in the neighborhood”. Beli nunca se molestó por eso ni por las barrabasadas que le hicieron. Eso sí, cada 16 de septiembre exaltaba el Grito de Dolores por su abuelo mexicano y cada 20 de mayo la independencia de Cuba por su padre con bandera del país festejado. Había nacido en Nueva York pero en todos los años que le conocí nunca le vi desplegar la bandera norteamericana el 4 de julio, o cualquier otra fecha nacional; sin embargo, la independencia de cada país latinoamericano la celebraba izando en la fachada de su casa la insignia nacional en el día de cada onomástico. Nosotros le criticábamos mucho por eso y él se defendía optando por el silencio. Nunca pudimos saber las verdaderas razones que tuvo para hacerlo. Sin embargo, él se enternecía pensando en poder haber nacido en uno de los países latinoamericanos que tanto conocía, o preparando un arroz con pollo a la cubana, unos gandules con arroz puertorriqueño, o un ajiaco colombiano. Esas eran quizá algunas de las razones por las que sus vecinos no le saludaban y le consideraban un extranjero.
Nos habíamos conocido en Miami cuando los primeros exiliados comenzaron a llegar a la que ahora es también una ciudad cubana y nos hicimos amigos. Él me presentó a los otros que hoy considero mis hermanos pese a todas las desavenencias que entre nosotros existían. Nos reuníamos cada jueves para hablar mal de Mauricio Ferrer en aquel entonces alcalde de la próspera ciudad, o de Xavier Suárez, otro político local con aspiraciones a la alcaldía. Echábamos peste contra Jimmy Carter o Ronald Reagan, según el año en que fuera. Criticábamos por igual a los liberales como a los conservadores. Como grupo hubiera sido difícil ubicarnos en cierta ideología política, social o religiosa porque las conocíamos y las rechazábamos a todas por igual. Cuando Beli se consiguió un trabajo en la oficina del Seguro Social en el sur de Georgia me llamó a Miami, me trajo para su casa en Dalvospa y me consiguió empleo como intérprete en el juzgado de la ciudad. Me he pasado los últimos cinco años entre policías, abogados, jueces y criminales (no necesariamente en el mismo orden moral) gracias a Beli. Nos unía la amistad (el grupo empezó a reunirse en Miami una vez al mes y Beli y yo comenzamos a hacer juntos el viaje que él había hecho solo en los últimos dos años), y también por nuestra teosofía compartida, ambos creíamos firmemente que cada ser humano es reencarnado muchas veces. Nuestra historia juntos se remonta al siglo diecisiete español, cuando yo era su hijo y él era un catalán, capitán de barcos. En todas nuestras investigaciones no hemos podido encontrar nada que nos indicara que hubiéramos nacido alguna vez en los Estados Unidos, salvo en la última vida de Beli. Sin embargo, sospechábamos que habíamos peleado juntos con Bolívar en Boyacá y con Antonio Maceo en San Pedro de Punta Brava. Estábamos también seguros que yo había sido escribano de Alonso de Avellaneda, y Beli maestro de primaria de don Miguel de Unamuno.
Cuando Ramón, Eddy y Jorge vinieron en carro desde Miami, ya Tony estaba conmigo. Los acompañaba un cura y un babalao. Supongo que la conversación por todo el camino fue algo en la que Beli y yo hubiéramos deseado participar, pero las circunstancias nos lo habían impedido. Como el grupo era grande y el babalao era un antiguo vecino de Pogolotti en Marianao, opté por llevarlos a la casa de Beli que era más espaciosa. Todos ellos sabían, incluyendo el jesuita, de nuestras creencias en la reencarnación. La funeraria nos avisó que el cuerpo de Beli estaría expuesto esa noche a las siete y como eran sólo las tres de la tarde, decidimos bebernos una botella de ron a la memoria del amigo ido. Entre copa y copa, Domingo, el cura, nos pidió que rezáramos por el alma de Beli. Después, Carlitos, el babalao, pudo comunicarse con su espíritu. Beli me mandó a decir lo que en la próxima vida íbamos a ser. Yo no sé si alguien prestó atención a lo que decía Carlitos, o quizá el Havana Club estaba haciendo ya sus estragos, lo cierto es que nadie se sorprendió de su voz yoruba, ni de sus comentarios sarcásticos. Cuando llegamos a la funeraria esa noche, el director de las exequias, quien era misionero de una iglesia evangelista, se molestó mucho con nuestro estado y quería mandarnos a dormir la borrachera. Pese a todo, nos quedamos allí hasta bien entrada la noche cuando decidimos ir hasta el cementerio de la ciudad para ver donde enterrarían a Beli. Finalmente, la policía nos expulsó del sagrado recinto bien entrada la madrugada, cuando varios vecinos se quejaron del ruido de nuestra pesadumbre entonada tristemente con varios boleros que ninguno de ellos hubiera podido reconocer.
Al día siguiente, Domingo ofició la misa en la capilla de la funeraria, que disgustó extraordinariamente al reverendo, director del establecimiento. A la hora del ofrecimiento Carlitos entregó a Domingo el Oshún Kolé, un güiro adornado con cuatro plumas de aura tiñosa y un hueso traído de un Nganga en Guanabacoa. Eddy le dio un ejemplar nuevecito del Romancero Gitano de Lorca; Ramón, dos fotografías en blanco y negro de La Habana; Tony, una guitarra andaluza; Jorge una copia a colores del poema “A la piña” de Zequeira, un ejemplar Del sentimiento trágico de la vida que había mandado José Antonio, y yo le entregué una bandera tricolor. Domingo aceptó graciosa y dignamente los regalos y continuó con las oraciones de la consagración. Cuando regresábamos de la comunión observé la figura de un joven sentado triste y solitario en el último banco de la capilla, era mi hijo desaparecido. Me sentí inmensamente conmovido por el regalo final que Beli me hacía y me eché a llorar como un niño. Esa tarde, durante el entierro en el cementerio de Dalvospa, el director de la funeraria me invitó a despedir el duelo sobre la tumba recién abierta de nuestro amigo, pero ya todos habíamos optado por tocar su música preferida en una grabadora que había traído Tony: un viejo bolero de la Lupe (el mismo que Almodóvar había usado en una de sus películas) Mi hijo se paró junto a mí y respetuosamente vio bajar el sarcófago que guardaba el cuerpo inerte de su padrino muerto.
En las ocho horas que nos llevó llegar a Miami, apretados como sardinas en lata en el carro de Ramón, pero con un goce interior que se reflejaba en nuestro rostros como el humo desalentado del recuerdo de una batalla, mi hijo me reveló finalmente su aventura y desaparición en Boston. Quisiera tener tiempo para contárselas pero creo que no es importante para nadie, excepto para los que vivimos esa historia, esta muerte y resurrección de nuestra esperanza enlutada. Me resultaría sumamente monótono tener que repetir otra efeméride de muertos y desaparecidos.
Desde ese día, cada viernes, aniversario de la muerte de Beli, su espíritu se nos aparece a mi hijo y a mí. No necesitamos la ayuda de Carlitos, el babalao, ni las plegarias de la novela del cura Domingo. Su figura se concretiza en forma espontánea a cualquier hora del día o de la noche y nos cuenta con lujo de detalles las vicisitudes que afronta para concretizarse nuevamente en la tierra con otra vida. Aquel viernes de hace hoy cinco meses me informó que tanto él como yo algún día volveríamos a nacer, esta vez en los Estados Unidos, en Georgia, en Dalvospa para ser más exactos. Cuando se lo conté al grupo de Miami la carcajada fue general por lo irónico de la situación. Inseguros de mis aseveraciones pero conocedores de mi convencimiento absoluto en la reencarnación de los difuntos, mis amigos optaron por el sarcasmo para que no me sintiera mal. Beli fue más específico en sus pronósticos y me dio hasta la dirección exacta de la calle donde él se criaría en Dalvospa. Su explicación a tan absurdo destino era que estábamos señalados a transformar ciertas cosas de la cultura local que no habíamos podido lograr durante nuestra estadía allí. Cuando lo presioné por más detalles, me habló del racismo constante, de la necesidad de cambiar las percepciones de los elementos más farisaicos de la comunidad que continuaban controlando todas las condiciones sociales. Los siguientes meses fueron de extremada preparación para mi regreso a Dalvospa. Por fin, un día a finales de marzo, cuando las azaleas comenzaban a florecer en todos los rincones del pueblo, abrí las oficinas del “Center for Options”, un eufemismo del movimiento nacional para el aborto. Quería estar seguro de que ni Beli ni yo volveríamos a nacer otra vez.
© Manuel Cachán
Revista Mexicana de Cultura (July 28, 1996)
Dentro de
estas páginas
Mi padre está cansado de estar muerto y se ha venido a vivir conmigo a Dalvospa ahora que estoy solo. No hay nada en este pueblo que me recuerde la niñez que un día viví y que parece ser un sueño de viejo. ¿Para qué se ha tenido que morir? Mi vida recurre a la premura y la clandestinidad para combatir la soledad que se agolpa en cada memoria insultante, de tan senil que es. Porque también, cuando la ola de odio ocupó la ciudad y la dividió en clases y en razas, fui despertando a los impulsos de diferentes odiadotes que prefirieron mantener el anonimato de la indiferencia, a la legitimidad de la curiosidad. Ya se confunden los ojos con las hojas, el hambre con el árbol, el viento con el follaje, mis labios con las raíces que nacen en la tierra. Por eso mi padre que es el que está muerto vive conmigo, y yo el que está vivo soy una insubstantividad en el vacío de la vida.
Mi hijo se fue una mañana de agosto y no lo he vuelto a ver más. Fueron veintiún años de dedicación a su fragilidad y a mi ternura, ahora perdidas en el silencio. Se fue como Rimbaud a beberse un enorme trago de veneno que llegó hasta mí para retorcerme las extremidades y crear nudos como garfios en el pecho. Por eso nadie se asombra al creerme solo porque no lo estoy; mi padre muerto me viene acompañando hace ya mucho tiempo. Antes de vivir con los ángeles yo no sospechaba que eran animales de luz acorralados; hasta que una vez, una voz, una sílaba en el transcurso del silencio, me secreteó lo velado de todos los misterios. Las alas, la venganza a quién usurpó la pureza de su niñez, se la devolvió muchos años después a mi inocencia, acumulada con briznas impuras, insospechables para los ángeles. Por fin, cuando abrí las puertas de las condiciones y la dejé irse, me acusaron de juntar cadáveres condenados a querer hasta que se hicieran hipócritas.
En Dalvospa me he dedicado a trabajar con una máquina que cuenta las verdades como mentiras de ficción. A convivir con androides que no sospechan que morirse es algo programado, que la verdad es nada mejor que mis errores y que todo ángel exterminador llegará a dictar mensajes cibernéticos coherentes. Vivo y existo porque el aire hay que respirarlo y la comida hay que digerirla y el sueño hay que conciliarlo. Quiero a una mujer nueva con una pasión que estreno: yo que la conozco sé que ningún hombre puede pedirle más. Desde hace mucho la tierra la discierne e insiste en que escriba su nombre en la arena de mi vida. Sé que existe porque sus ojos vuelan por la ventana abierta de los míos y cuando nuestro amor fue consumado, las manos, las piernas, las uñas, los zapatos, la ropa, la saliva, los besos y las caricias fueron a lavar el fuego del tiempo duro. Los huevos de los dragones aparecieron frente a la puerta de mi casa en la calle Miramar en Dalvospa, un pueblo que ha crecido por el miedo que usurpan los Mefistófeles a los oprimidos, las voces de los predicadores a la exaltación de la mentira, el fariseísmo de los púlpitos a la fuerza bruta de la legalidad. Lo demás es parte de su historia. No sé quién los dejó allí y cuando se lo pregunté a mi padre él me dijo que no me preocupara, así que asumí que él tenía algo que ver con eso. Eran totalmente redondos, de un color azuloso pálido lleno de manchas amarillas, como de dieciséis pulgadas de diámetro y con un peso de siete u ocho libras cada uno. Mi padre me dio instrucciones para empollarlos; iban a necesitar nueve meses de intenso cuidado y después, dos años más de crianza e instrucción. “Los usaremos para tu viaje de regreso a Erekusú”. Erekusú es un paraíso de sílabas dulzonas que hace mucho tiempo que no empleo. Tiene un malecón donde uno se sienta de espaldas al mar frente a una galería de casas tan antiguas como su nombre yoruba. Allí viven mis hermanos, ya casi ancianos como yo, y una vieja iluminada por su maternidad que sigue pensando en mi presencia a cada amanecer de salitre y humedad. Chorros de abejas muerden la estela de los atardeceres y el otoño recorre la isla no cuidada para morirse en los frutos polvorosos del desengaño. Hay olores mezclados de canela y mango, de azucena y azufre. Los mercados están vacíos de impurezas porque no hay nada que vender y los mercaderes se han hecho policías fanáticos que una mañana de noviembre rogaban su cuota, azorados por mi partida. El plan de mi padre es sencillo: incubarlos, darles de comer, criarlos y después usarlos como caballos de Atila en un viaje que va a llevar varias horas para consumarse. Después el tiempo nos dirá.
Construí la caja con dispositivos que encendían y apagaban las luces para mantener una temperatura constante de treinta y seis grados centígrados. Con un cuarto de grado de diferencia el proceso de incubación no se daría. Después había que rezarles cuatro veces diarias: a las seis de la mañana, a las doce del día, a las seis de la tarde y a las doce de la noche. La última oración era la más importante porque requería la presencia de los ikús y mi padre se ofreció a hacerla. No eran oraciones fáciles, sino complicados suyeres dedicados a Osún, Xangó, Oke, Obatalá, Elegguá y muchos otros orichas de los que pierdo ahora la cuenta. Después de las doce mi padre se quedaba hablando largo rato con los egungúm, incluyendo a mi eledá. Era como un susurro de palmas que se hacían oscuridad con el sueño de mi regreso, mientras el tiempo continuaba transcurriendo para la cuenta final. Cuando los dos embriones soltaron sus aguas y los picos retozones comenzaron a romper el mármol que los separaba de la vida, un extraño perfume inundó toda nuestra casa. Como ese día no había ido a trabajar, pude presenciar la opulenta figura del primer dragón que nacía: cuerpo de mofeta, alas de cóndor, cabeza de caballo y coronándola, unos ojos avispados que examinaban minuciosamente cada rincón de la habitación. Era de un color rosado que se haría azul oscuro con el tiempo y pesaba ya casi veinte libras, tan grande como mi perro Beny. Era macho y aunque su hermana, que nació varios minutos después, parecía más frágil, tenía unas patas más gruesas y respondía con más perspicacia a mis sonrisas. Los lavamos en agua tibia con semillas de alcanfor, hierbabuena, anís, guayaru y palo santo. Después los bautizamos Ibo y Obini. Hablaban como cristianos y llamaban a mi padre Baba y a mí me decían Aleyo. Supe de su género sexual por mi padre que tuvo que consultarlo con uno de sus orichas porque realmente, salvo pequeñas diferencias en las patas que terminaban en unos garfios poderosos y fuertes, nada exterior en sus cuerpos lo indicaba.
Comenzaron a crecer, a hablar con una coherencia que era imposible a veces de comprender por su pureza, a contarme de horizontes que aún yo no había visitado y de futuros que no tenían sentido en lenguas extranjeras. Sabían su destino, conocían mi pasado por mi padre que les había hablado de mis desventuras, de mi vida con ángeles oscuros y chiquillos con rabietas. Sabían de las letras que escriben en los pizarrones los enemigos de Dios, del mundo anglosajón donde todos nos hacemos números marcados con ceniza, de Dalvospa y sus inmediaciones sureñas perdidas para siempre en el purgatorio de la verdad, de escuelas vacías de pensadores, de libros vulgares diciendo trivialidades, de tarambanas abusadores que se convertían en el brazo secular de un poder discriminador y abusivo. Me describieron a los hombres y mujeres que habían marcado canallescamente mi presente. Pero ahora, me decían casi sin ceremonia, “el futuro de nuestras alas te espera”.
Cuando pudieron volar se encaramaban cada anochecer en el techo de la casa y se remontaban a los cielos de Dalvospa a hacer fechorías: defecaron sobre la estatua del soldado confederado del ayuntamiento, llenaron el cementerio de azaleas blancas y dejaron que los fantasmas de los negros esclavos salieran a perturbar a los descendientes de sus amos, confundieron a los radares de la base aérea, sonaron trompetas de guerra por todas las calles, clausuraron las escuelas que no enseñaban nada, abrieron las iglesias en la madrugada y tocaron exequias de salsa en los órganos de los templos. Cuando regresaban al amanecer estaban exhaustos, pero mi padre me explicó que su cansancio era la forma en que expresaban su alegría. Crecieron hasta el punto de hacerse animales racionales y bellos. Extendían sus alas y a veces me señalaban el horizonte donde estaba Erekesú. Hablaron de inviernos donde no había frío y de huracanes que limpiaban las guardarrayas, de la lluvia que sabía dulce y del calor que no hacía sudar. Por fin, una mañana de primavera me avisaron la semana siguiente nos iríamos para Erekusú.
Llamé a mi hijo a Boston para despedirme y le conté que me iba en un viaje largo. No le importó porque su silencio estaba basado en circunstancias que yo no podía cambiar y él no podía aceptar. Empaqué los recuerdos de su niñez y se los envié por correo certificado: cientos de libros que le había comprado cuando niño, miles de fotos que hablaban de pescas, juegos de fútbol, visitas a zoológicos, saliva de mis besos, abrazos, carreras al colegio, entrevista con maestros, salones de clase, obras de teatro, películas. Cuando las recibió tampoco le importó. La noche anterior al viaje no caminó por las calles de Dalvospa, ni me acerqué a despedirme de los rostros manchados por el vómito del odio, tampoco se lo dije a nadie. Dejé que esa noche de luna llena Ibo y Obini mancharan otra vez con su excremento fosforescente la estatua del parque confederado, hablé con mi padre de lo que deberíamos llevarnos y optamos por una abstinencia de objetos innecesarios.
La noche del viaje, una de esas del verano sureño que se niega a darle tregua a la brisa deseada, me desnudé, me monté iracundo sobre una de las bestias y dejé que mi padre le diera las instrucciones finales. Después todo pasó rápido: sentí el sonido estridente de las alas, el fulgor de una noche hirviente y espaciosa, las necesidades rituales que echan a la mierda todo escrúpulo, el sonido de Ife en la distancia y el kofiedemi sincero a mis pecados. La muerte, como lo esperaba, llegó tranquila y me transportó silenciosamente a Erekusú.
© Manuel Cachán
Linden Lane Magazine
(Spring 2000)
Cría
cuervos
Sé que me voy a morir en el invierno porque las hojas del otoño me lo han dicho. No voy a tener la fuerza para sentirme de nuevo en el verano y dejaré que las alas de los ángeles se ocupen de solitarios como yo. Va a ser una muerte sencilla: dejaré de respirar y todo se volverá de un azul encendido hasta que la música que cae sobre el universo se apague con la luz de las estrellas que se alejan. No hay tiempo que perder, ¿en dónde estás Altazor? Aquí –me dijo sin tener que volverle a preguntar—“endulzado por el hedor a sudor de la muerte que nos llega”.
Ella lo parió un Viernes Santo porque sabía que su médico era ateo y no creía en eso de que los Viernes Santos no se debe tocar ningún hierro. Él llegó con esa mirada límpida que traen los querubines y que yo puedo reconocer desde que tengo uso de razón y que mi abuelo atribuía a un sufrimiento de alucinaciones que requiere por mi parte más paciencia que entendimiento. El bautizo fue un diálogo con Estragón, su abuelo viejo, que se negaba con presentimiento de amarguras infinitas a aceptar sin remordimiento a los héroes hinchados y amarillos, mezclados entre las piedras bautismales: “Nosotros siempre encontramos algo que nos da la impresión que existimos. ¡Claro, unos magos!”. Después, por muchos años creció pensando que había venido al mundo quemando un poco de sombra de mi pequeña muerte: sombras que sólo yo veo y que me escoltan constantemente en las madrugadas vacías. Creció jugando como todos los niños: le enseñé álgebra cuando aún no sabía hablar y en la humedad gris y blanca de las mañanas le eduqué en el desprecio y la ironía a la resignación. Creció creyendo en dioses, pero los de él, no como los míos, se abrían más a la traición que a la debilidad. El estoicismo se volvió parte de nuestras charlas nocturnas y le supe instruir en la vergüenza a la renuncia de la soledad. Después cuando la tuvo, cuando verdaderamente tuvo la soledad entre sus manos y quiso subirla a nacer conmigo, me dejó para siempre con los dedos del alma machacados en las tinieblas del féretro sin límites.
Ayer supe de él. Fue una mirada furtiva a la fotografía que adorna el silencio de mi pieza, o quizá fue el teléfono que sonó a inesperadas horas y que contesté, como siempre hago, sin tener deseos. Sé que le oí, que me habló desmesuradamente de los poetas que no han encontrado sus propios ecos y que me llamó “papi”, como cuando lo hacía de niño. Quedamos en vernos ese fin de semana, los dos a solas. Quizá en la quietud de mis cuatro paredes, o en la plazoleta del parque. Ese sábado esperé ansiosamente por su figura delgada que traspasara el umbral de la puerta de mi casa pero no llegó cuando debía y cuando lo hizo, se disculpó como siempre diciendo que ya sabía que venía tarde, como queriendo evitar cualquier amonestación. Lo vi diferente: aquellas piernas de atleta que se había hecho formar cuando era más joven, estaban ahora cubiertas con el espesor de un viejo pantalón a cuadros, demasiado grande para él. El sobretodo fue lo más difícil de comprender. Le caía como una mancha anaranjada sobre las espaldas, tratando de ocultar las gigantescas alas que le habían comenzado a nacer en sus omóplatos. Aunque hacía tiempo que me lo sospechaba, me informó que ya tenía plumas en todas las partes del cuerpo. Diciendo esto se quitó los pantalones, se desprendió del sobretodo anaranjado y me dejó que observara su cuerpo de cuervo gigantesco que comenzaba a perder todo el vestigio humano que una vez tuvo. Quise llorar pero sus quejidos enternecedores me lo impidieron y decidí ir a la cocina y traerle un poco de alpiste que había comprado el viernes por la tarde. En lugar de los granos, me pidió carne cruda. Después de comérsela salió por la ventana del patio completamente desnudo, dejando a su paso el ruido ensordecedor que producían las amplísimas alas negras y el graznido espeluznante que emanaba de su garganta. Más tarde, cuando todo se aquietó, me observé en el espejo por largo tiempo. Hubiera querido encontrarme frente a mí la figura legendaria del maligno Leviatán que mi hijo se había imaginado, pero sólo vi, entre las oscuras sombras de mis ojeras, el reflejo de un triste ángel abrumado en su vejez por su carencia de esperanzas.
Ella le ha hablado de mí como si yo fuera una bestia que los años han convertido en un animal rastrero. Él me imagina desastrosamente impuro y trata de interpretar las estrellas con una mágica formula que sólo los orichas yorubas son capaces de entender. Por eso quiso hacerse a los cielos con esas nuevas alas que le han comenzado a brotar en el cuerpo. Por eso se negó a comer mi alpiste y se atragantó con el hambre perruna que la carne no saciaba. Esa no fue la primera vez que me dejaba abandonado. Ya otras veces, en los últimos tres años, sus cartas se habían vuelto un silencio atroz que me perseguía por las noches; su distancia un abrupto abismo en mi vida que continuaba contando los días como si fueran una escasa mañana sin futuro.
El babalao era un mulato jabao de Hialeah. Había llegado por el Mariel y nunca había sufrido los rigores que muchos de nosotros habíamos tenido que padecer para poder subsistir, sin otras alternativas que las impurezas de las lenguas que alojaban extraños ecos lingüísticos en nuestros oídos. Me recibió un miércoles por la tarde en una pequeña salita adornada con un inmenso altar dedicado a Changó. Vestía una camiseta sin mangas y en el pecho una pesada medalla de Obatalá. Me mandó a sentar imitando el acento de un viejo negro africano, quizá con la idea de que lo sintiera poseído por extraños orichas que se originaban en los más intrincados montes de la Guinea. Después lo percibí más humano y le hablé sin ambigüedades de mi hijo, él me mencionó que también era padre y que su hijo mayor había sido asesinado por las milicias cuando “el peine del Escambray”. Pensé en mi tío Ninín que se había pasado toda una vida haciendo carbón en las montañas rebeldes, dedicando todo su tiempo libre a un Yahvé que ahora me costaba trabajo entender. Me dedicó casi una hora y me invitó a tomar un café negro y espeso, casi sin azúcar, que me raspó la garganta. Después me pidió que limpiara mi casa con palo de paraíso, que cogiera las ramas un lunes o un viernes, y que le pagara al oricha dueño del monte un preciado tributo. Para mí me recetó baños con “mil flores” y siete clases de albahacas para que despojara al ángel de la muerte que me rondaba. Para mi hijo me pidió que aplacara a Yemayá poniendo algas en una palangana con agua de mar, derramando durante siete días una botella de melado de cacao, frijoles de carita, fruta bomba, dulce de coco, maíz finado, rocío de añil, catorce palanquetas y un melón. Después que las llevara a Miami Beach y las echara en el agua. “Con eso se desaparecerán las alas y las plumas de su cuerpo”. Nunca me cuestionó mis aseveraciones, como lo había hecho mi siquiatra.
Mi hijo regresó un martes de carnaval, cuando en la Pequeña Habana celebraban el Día de los Reyes Magos con un desfile de niños y risas que casi toda la ciudad fue a ver. Había llovido esa mañana por lo que le encontré acurrucado en la puerta de mi casa, esperando pacientemente mi llegada. Hacía una semana que le había dado el remedio que le había recetado el babalao y ya su rostro había perdido aquel perfil de pico de cuervo y sus piernas desplumadas comenzaban a convencerme de su regreso al mundo de los humanos. Me sonreí tristemente y lo entré apresuradamente a la humilde casita de mi casa. No nos hablamos, nos mantuvimos un largo rato contemplándonos mutuamente, esperando que el otro dijera lo que no nos habíamos dicho hasta ahora. Me habló apresuradamente de mis amigos que se mantenían alejados, como en un margen de añoranzas que querían rescatar sueños inconclusos. Me dijo que había dormido toda la noche anterior y también que ya había comido, cuando lo invité, pensando quizá en el saco de alpiste que cada vez que venía le ofrecía. Me llamo Papi, esta vez con una sonrisa que me recordó la década de los setenta y antes de irse me dio un abrazo efusivo, de esos que sólo sabemos experimentar los padres desesperados que hemos estado largo tiempo viviendo perdidos en la lectura de la Divina Comedia. Después, como cualquier cristiano común y corriente, salió por la puerta de la casa.
© Manuel Cachán
Linden Lane Magazine (Spring 2000)
La
Nochebuena
Cada mañana cuando se levantaba parecía que la luz volvía a aparecer entre las pestañas de la puerta. Después todo se volvía negro otra vez: la redondez del colchón, las zapatillas tiesas por el frío del piso, el olor al café que llegaba de la cocina, el locutor norteamericano de la radio enfatizando el frío de la calle, el ángel que vivía con él sacudiéndose las alas para acompañarle silenciosamente por toda la casa, su difunto padre Dionisio repitiéndole –casi como el fonógrafo de la casa de putas de la calle Pajarito de La Habana, en los años cincuenta— que tuviese cuidado de no caerse, que aún le quedaban muchos años de vida como ciego.
Aquel 24 de diciembre la situación, como en los últimos veinte años y tantos de su vida, no había cambiado nada: frágil la mano temblorosa que orinaba primero el piso del baño (miembro inerte aquel el suyo que era incapaz de reconocer sí el vello púbico de Carmen era negro, rubio o violeta cuando ella se sentía triste en las madrugadas húmedas y él, pese al inmenso placer que experimentaba con sus caricias, continuaba siendo ciego). Se tomó silenciosamente el café con el que su padre lo había despertado y continuó sin apasionamiento escuchando las noticias en español de Radio WADO de Nueva York. Ernesto no vendría este año, su hijo tampoco, y su mujer ni llamaría, solamente Carmen había prometido estar allí celebrando silenciosamente con él una fiesta que ya ni tenía sentido. Sobre la mesa de la cocina recorrió con los dedos el paquete de dátiles y turrón español, las postales de navidad sin poder leerlas, y aquel paquete que el cartero le había dejado ayer frente a la puerta de la calle y que él no había abierto aún.
Era la venganza esa de tener que sufrir en carne propia los errores de todas las generaciones que le precedieron. Salir una mañana calurosa, con la brisa de las palmeras recordándole lo que aquella Gertrudis tan cubana había también visto un siglo antes: que también al partir la chusma diligente, para arrancarle del nativo suelo, le conducía al avión con destino a un noviembre nebuloso y frío ya taciturno entre los rascacielos de la ciudad más insípida del mundo. La ceguera llegó en una fábrica de granadas en New Jersey que hacían explotar en los conflictos de baja intensidad por todo el mundo subdesarrollado, pero que esa tarde le hizo ¡plaf! entre las manos y le robó la luz angustiada de los ojos. Después de la pensión, las noches tristes, y Carmen, se quedó sin nadie. Sólo con un montón de recuerdos que se le alojaban entre la imaginación y las pupilas cuando creía que ya era noche y el reloj de la sala sólo había dado las tres de la tarde.
Se vistió como pudo con sus ropas de ciego, se puso los zapatos de ciego, tomó su bastón de ciego y salió a la calle en busca de alguien que le indicara cómo podía tomar el subway que le llevara al Ferry de la Estatua de la Libertad. Llegó en una hora: personas incógnitas abriéndoles puertas, indicándole peligros imaginables, haciendo cola con gentes alegres que no cesaban de reír, pagando su boleto con su dinero ciego en la palma de la mano abierta a otras esperanzas, subiéndose a un barco que casi le marea por el olor a petróleo, sintiendo el olor nauseabundo de la bahía golpeándole los pulmones, oyendo las risas de los niños gritando preguntas a sus padres perdidos entre las sombras de los ecos, y después cuando llega a tierra y le ayudan a bajarse y le preguntan extrañados si viene solo, sabe que ha llegado a la estatua. “¿Dónde está la mujer?” “¿Qué mujer?” –le pregunta la voz que suena a policía, y que no era otra que la de un albañil de Connecticut de vacaciones. “¡La de la estatua!” “Allí” –y le toma levemente por los hombres dándole una vuelta en redondo.
Después se lo llevaron preso. Cuando le vieron allí masturbándose en medio de la plaza que le servía de plazoleta a la estatua francesa con cabeza de dólar: se lo llevaron preso, con esposas y todo, como si su carencia de visión no fuera suficiente. Y le arrastraron suavemente por entre la gente que él suponía que le estaba abriendo paso, al barco de la policía que partiría sonando su sirena. Después en la estación de policía donde le hicieron veinticuatro preguntas, le tomaron las huellas digitales y le llevaron a un sótano húmedo donde se oía el griterío de cientos de presos esperando ansiosos la fiesta navideña. En la celda, acompañado por otros latinos que se hicieron niños ante su ceguera, se pasó la noche cantando villancicos de navidad y añorando una vieja Nochebuena perdida ya entre los recuerdos de sus pupilas sin luz, con más de veinte años de antigüedad. Esa Nochebuena, como se lo había propuesto, la soledad sería compartida con los Santa Claus encarcelados de la ciudad...
© Manuel Cachán
Postmodern Notes (Spring 1995)
Con el color de aceituna en los ojos...
Aunque me buscaran en Alabama no me iban a encontrar. La primera cruz la habían quemado un viernes por la noche, frente al portal de la casa. La yerba amaneció chamuscada, marcada claramente por la sombra de un palo igual al de Jesús, y mi vieja le comentó a mi mujer que debía ser Viernes Santo porque una cofradía en procesión había pasado y encendido una cruz frente a nuestra casa. La policía no hizo nada, escribieron mi nombre en su libreta, se extrañaron un poco de mi acento, del color aceituna en los ojos, de la claridad blanca de mis mejillas, de que mi mujer negra fuera también latina, y que mi hijo se llamara Cemí, mi madre Aurora de los Milagros, y mi difunto padre Dionisio, como el famoso monje. No hicieron nada. “¡Múdense!” – fue el consejo de los policías.
El martes y el jueves de esa semana se repitieron lo mismo. Después dejaron de quemar cruces por un tiempo. Entonces comenzaron las cosas en el trabajo: aquella colega que dejó de hablarme, la puerta de mi oficina abierta cuando llegaba por la mañana, el teléfono con sonidos extraños, mis cursos erróneamente descritos en el catálogo universitario, exceso de estudiantes “religiosos” en mis clases (con objeciones ideológicas sobre mi presentación de la Teología de la Liberación en mi curso de Cultura Hispánica), la presencia incomprensible del fantasma de mi padre esperándome en el garaje a cada atardecer, asegurándose que yo regresaba. Mis amigos de Sociología comenzaron a evadirme. En Inglés, aunque nunca me entendieron, ahora ni me saludaban. En Historia como sí yo, o ellos, estuviésemos muertos. Le dije a mi mujer que se fuera para Miami hasta que todo se calmara, y un sábado temprano la vi, con mi madre y mi hijo, abordar el avión hacia la Capital.
-¿Ramón?
La voz de mi amigo llegó perdida con la pregunta de “¿quién pudiera estar llamándome a estas horas?” No me lo dijo, pero lo intuí en su “anjá” soñoliento.
-Ramón soy yo... Estoy en el aeropuerto de Miami y salgo para Puerto Rico en dos horas... En dos horas... el “gai” “eme” veintiséis...
Colgué y me alejé.
Probablemente a esta hora me estaban buscando por todo el sur. El avión no salía dentro de dos horas, sino una. La entrada no era la “eme” veintiséis, sino la ocho acostada. No iba a Puerto Rico, sino a Cuba. Ni Cachita mi mujer, ni mi hijo Cemí tampoco sabían donde estaba. Había salido de Alabama como a las cinco de la mañana el día anterior y la única persona en la que aun confiaba en todo el mundo era Ramón. Todo para crearme un destino diferente, para hacer perder el rastro a los sabuesos sureños que me perseguían.
Antes de irme deseaba ver a Ramón, mi amigo de la infancia, aunque fuera de lejos. Quería dejarle parte de mi biblioteca, allí en una maleta: Los pasos perdidos de Carpentier, La Biblia de Jerusalén, la Historia de la locura de Foucault, un Tratado sobre la soledad, el artículo sobre El diálogo de José Antonio, un libro incompleto sobre Los discursos narrativos del Caribe, y un Manual de supervivencia, en orden alfabético, de la Diáspora...
Divisé a Ramón a lo lejos, corriendo con José Antonio que era más joven y delgado. Traté de ocultarme detrás de una columna para que no me vieran, pero descubrí aquel hombre frente a mí: barbudo, flaco, con unas profundas ojeras, vestido con una guayabera cubana, y unos “jeans” americanos. Le dije al espejo que no era necesario ocultarme de nadie, porque no me reconocerían aunque quisieran. Fui hasta el mostrador de United y le pedí a la muchacha que llamara por el altoparlante a Ramón y le entregara la carta, “no puedo esperar a mi primo” –le dije--, “mi vuelo ya está abordando”. El sobre tenía las llaves del carro, para que se las diera a Cachita mi mujer, y la de un “locker” del aeropuerto donde había dejado los libros para Ramón. Desde lejos le vi leer las cartas varias veces, sacar los libros del “locker” (ojeó rápidamente el Manual), y marcharse hacía el estacionamiento del aeropuerto siguiendo meticulosamente mis instrucciones.
“No hay tiempo que perder” --me había dicho mi pobre viejo Dionisio cuando salí de Cuba treinta años atrás. El Dionisio gallego, que como su tocayo monje, tenía una gran preocupación con el tiempo. Mi noble padre Dionisio, viejo y ya muerto. El Dionisio que vivía ahora constantemente conmigo, desde que se enteró que nuevamente habían comenzado a quemar cruces en Alabama...
Me habían dicho que aquella tierra era extraña, que tenía que irme. “Pero viejo, ¿y mis tres décadas de peregrinaje? ¿Todo ha sido en vano?” “A veces, cuando ya no queda esperanza --me respondió despacio--, nada tiene validez”. Ahora en el aeropuerto de Miami, ante la realidad de sus pronósticos, lo sentí agotado como yo, deseoso de descansar como yo...
-¿Estás cansado?
¿Qué pregunta más absurda hecha a un muerto, verdad?
No me contestó pero decidí no sonsacarlo más porque los otros pasajeros me miraban con curiosidad inusitada, quizá pensando que mi diálogo era un monólogo imaginario. Por fin abordamos el avión que iba para Cuba. En menos de una hora llegamos a una Habana obscura, pero emocionalmente vibrante.
Me costó tres días, en el teléfono de una vecina de Marianao, conseguir una llamada con Tony en Nueva York.
-¡Me quedo aquí, caballo... !
-¿Estás loco?
Tony, que ya sabía por Ramón donde estaba, se portó como un gitano legítimo, con el duende de la fraternidad abrazándome en lo imaginario. “No te preocupes” –me dijo antes de despedirse— “te conseguiremos un buen abogado”.
-Es hora de descansar, viejo...
Nos fuimos caminando hasta el Cementerio de Colón porque no había guaguas a aquellas horas de la noche. Cuando llegamos ya amanecía. A las nueve abrieron las pesadas rejas de metal y entramos hasta el panteón de los grandalenses ausentes: el nombre de mi nombre, las dos fechas eternas; y por fin, el retrato de Dionisio con la misma sonrisa que tenía ahora, junto a mí...
No me quedé en La Habana, no. No me dejaron. Ya no pertenezco a eso. La Cuba que llevo por dentro es mítica, “una ilusión del espíritu corrompido por mis memorias de gusano”, así me dijeron, en nombre de un socialismo utópico que ha llevado mi vida a un puro carajo.
Regresé un viernes a Miami. En el aeropuerto estaban todos mis amigos, y también dos agentes del FBI. En la benemérita provincia sureña de Alabama me acusaban de haberme cagado en la tumba del soldado desconocido dixiano. Cuando me llevaban esposado, supongo que con destino a un calabozo en el edificio federal del “downtown” miamense, el abogado que me había conseguido Ramón se me acercó, con un cuerpo exonerado de toda dieta, y con una sonrisa de esperanza me tranquilizó:
-No se preocupe, ¡ahora tienen que probarte que la mierda que dejaron en la tumba era la de un cubano! Y me guiñó un ojo con picardía...
© Manuel Cachán
Postmodern Notes (Spring 1993)
Rompesaragüey
La vieja se me acercó con dificultad y me dijo al oído su edad. Después se quedó en silencio por un largo tiempo antes de volver a mirarme con atención y decirme lo que pensaba. En la mesita de la sala se habían juntado varias Vanidades con Heraldos viejos, una taza de café con un fondo brillante, el recibo de la luz, la libreta de direcciones y una carta de Cuba.
-Con los años no se juega, tienes que hacerte una limpieza con rompesaragüey.
Me encogí de hombros y no le contesté inmediatamente; después, como en todas las visitas que le hacía, me sonreí de su ocurrencia.
-¿Rompesaragüey? ¿Para qué sirve?
Antes de contestarme doña Felicia sacó energías de algún sitio y se sopló ruidosamente las narices:
-El mal de ojo...
-¿El mal de ojo? –repetí intrigado, casi displicente.
-Sí –me observó intrigada como siempre—Es necesario que se use en un baño prolongado para que penetre todo el cuerpo a través de la piel. ¿Nunca lo has hecho? –esta vez los ojos, alzándose con una sonrisa pícara, trataron de encontrarse con los míos. Tampoco le contesté.
Se levantó y se fue a la cocina. La escuché haciendo ruidos sobre el fogón.
Después su voz, que trataba de imitar a la Libertad Lamarque de los cincuenta,
regresó hasta donde yo estaba sentado.
-Ya tengo el agua hirviendo, dale quince minutos más. No esperó mi reacción
y la vi pasar en dirección al baño. Me puse a pensar en aquella tarde de setiembre en camino a La Habana. El recuerdo de Jaimanitas, y su playa de arena fangosa junto a la boca del río, me hizo apetecer una cerveza fría en el bar “Las Brisas” del gallego Eustacio. Hubiera podido pensar en más cosas, pero los últimos veintitrés años se habían quedado añorando sueños entre las arrugas resabiosas de mi frente. Sentí el agua llenando la bañadera mientras doña Felicia continuaba con sus marchas nerviosas entre la habitación y el baño del apartamento. Cuando regresó a la sala, en camino a la cocina, llevaba una bolsa en las manos. Su cajetilla de dientes, comprados a plazos en Marianao hacía ya treinta y tantos años, se desplazó en una sonrisa benévola, mientras me indicaba que aquellas raíces que me mostraba eran el rompesaragüey. Volvió a la cocina y desde allí casi me gritó que solamente faltaban unos minutos. Sentí caer las raíces en el agua brujera que estaba cocinándose en el fogón y también oí el ruido obsceno que hacía el grifo de la bañadera. Lentamente me levanté de la silla y me encaminé, no sin cierta arrogancia de macho en celo, a la ceremonia que comenzaba a desarrollarse. Felicia, parada en la puerta del pasillo, me seguía astutamente con sus ojos vidriosos, mientras sus labios musitaban una extraña oración yoruba que nunca antes había escuchado.
-Cuando estés desvestido –me dijo—entra en la bañera y avísame.
Ya en el baño, acaricié el agua con la mano y comencé a desvestirme. Por la ventana entreabierta se podía ver el cielo azul de Miami y escuché los ruidos acubanados de la calle. Desnudo, me miré en el espejo. Flácida entre las piernas, estrujada por el tiempo, la vida corroboraba mi edad y mi “mal de ojo”. Lentamente entré en el agua y poco a poco me sentí embriagado por su tibieza. La diligente voz de la mujer me volvió a una nueva realidad:
-Te traje una cerveza...
Me acerqué el vaso espumoso a los labios y sentí la frialdad del refrigerador entre mis falanges.
-Está’uena, ¿verdá?
-Aja –le contesté inmediatamente.
-No les digamos nada a nuestros hijos de esto porque la juventud no entienda nada de estas cosas de los espíritus. Le dije que sí con la cabeza y le devolví el vaso vacío. Otra vez la sentí caminando hacía la cocina. Metido en el agua pudo imaginarme a “Las Brisas” de Jaimanitas. Fue un proceso mental más acelerado que el anterior, y el recuerdo del paisaje se combinó esta vez con un antiguo bolero de Daniel Santos. Felicia regresó y la sentí algo taciturna. Después comenzó a verter el agua con rompesaragüey en la bañera y un escalofrío me recorrió la espalda.
-¿Tienes frío?
-No, no, no... –le dije sin mayores angustias.
-Déjame pasarte bien el agua por la piel.
Sentí sus alargados y finos dedos recorriéndome el cuerpo, y percibí sus labios moviéndose al compás de la vieja oración de orígenes africanos. Cerré los ojos nuevamente y traté esta vez de imaginarme el paraíso (a lo lejos, en el ambiente del recuerdo, la voz chillona de Daniel Santos continuaba cantando un bolero en la vitrola de Jaimanitas).
-¿Tienes frío? –me preguntó otra vez...
Se desvistió. Así, de repente. La blusa, la falda, la sayuela, desfilaron ante mis ojos en un santiamén. De pronto la vi desnuda ante mis ojos: arrugado el estómago, flácidos los senos, casi imperceptible su vello púbico. Se metió conmigo en la bañadera y sus dedos se fueron a buscar mis poros, rodando las vértebras de la espalda, aniquilando los músculos de los brazos, explorando misterios afanosos entre mis piernas. Todo se hizo grande fuera y dentro de mí, los nombres de los yorubas antiguos que los labios de mujer pronunciaban, se volvieron canciones de besos y estrujos facinerosos entre los recuerdos del pasado y las sensaciones del presente (a lo lejos, cuarenta años antes, Daniel Santos continuaba cantando un bolero de playas y arenas bañadas por el sol caribeño). Por fin, cuando menos lo esperaba, el paraíso se hizo una añorada realidad entre mis piernas...
© Manuel Cachán
Postmodern Notes (Fall 1990)
El empleo
No tuve tiempo de sentirme deprimido. Llevaba ya tantos años viviendo en Nueva York que la ciudad me parecía una visión apocalíptica sin sentido. Me lavé la cara y después de cepillarme los dientes y peinarme, bajé los cinco pisos del edificio. El anuncio en el periódico buscaba un hombre capaz de levantar cajas muy pesadas y que supiera las regulaciones del correo. La dirección que se daba estaba cerca de casa, como a diez manzanas. Me llevó una eternidad llegar al viejo edificio, pintado en rojo, azul y blanco, en la calle cuarenta y seis y la novena avenida. En la esquina estaba la botica de Romualdo, al que había conocido desde mi llegada a Nueva York y que me vendía las medicinas sin receta. También en la misma cuadra, había varios restaurantes de lujo franceses donde nunca había comido. En las escaleras de algunos edificios dormían transeúntes envueltos en periódicos y cajas de cartón, que en aquella hora tan temprana de la mañana añoraban probablemente sueños inconclusos.
El hombre que me atendió estaba vestido de Batman. Con antifaz, capa y botas negras hechas de cuero argentino, y me preguntó inmediatamente qué quería. Le dije que venía por el asunto del empleo. “Robin” --le gritó a un muchachón, vestido como su nombre—“este señor viene por el empleo de Santa Claus...” “No señor”, --le interrumpí inmediatamente—“yo vengo por el trabajo del mail’run”.
- Es lo mismo, ese es el trabajo de Santa Claus...
Después, sin darme más explicaciones, le ordenó a Robin que me llevara a ver a Mr. Kent. Subimos en el ascensor de carga. En el segundo piso entró un joven vestido de Mickey Mouse que se apeó en el cuarto, y en el tercero subieron Spiderman, Pluto y Daisy, que se bajaron en el quinto. Nosotros fuimos hasta el sexto. La oficina era espaciosa, llena de fotografías de Metrópolis, con un elegante vestíbulo donde una hermosa rubia, sentada en un ancho escritorio repleto de papeles, escuchaba una canción de rock, al ritmo de brazos y piernas. Nos atendió inmediatamente. Parecía no tener más de catorce años y mascaba ruidosamente un chicle:
-Luis, este señor viene por el empleo de Santa Claus...
Sin mirarme, me indicó una silla y me invitó a sentarme.
-Mr. Kent estará aquí en quince minutos...
Luisa me trajo una planilla y comencé pacientemente a completarla. Además de preguntarme la edad, dirección, teléfono y otros datos personales pertinentes al empleo, la planilla me pedía que explicara las razones por las que yo quería ser Santa Claus. Llamé a Luisa y le dije que yo no quería el empleo de Santa Claus, sino el de “mail run”.
- Es el mismo trabajo –me contestó sin más explicaciones.
- ¿Contesto todas las preguntas en inglés?
- Of course...
- ¡Ahí viene Mr. Kent!
Luisa apagó el radio apresuradamente, tiró en el basurero la goma de mascar, y se compuso el vestido lo mejor que pudo. Del ascensor principal (que no era el mismo en el que yo había subido) salió un hombre corpulento, alto, con gafas de gruesa armadura negra, vestido de traje y corbata azul, camisa blanca, y con un opaco sombrero rojo, de alas anchas. Nos saludó cordialmente y me dirigió con cierta turbación a una oficina al final del pasillo. Tuve que esperar otros quince minutos para que Mr. Kent me atendiera. Su despacho era bastante amplio. Me permitió sentarme en un butacón frente a una estrecha ventana desde donde se podía ver el inmenso edificio del periódico “El Planeta”. En una esquina de la oficina, que tenía cubierta las paredes con fotografías de presidentes y primeros ministros abrazando efusivamente a Mr. Kent, estaba una extraña cabina telefónica, pintada de rojo, que combinaba perfectamente con los otros objetos de la habitación.
- ¿Qué experiencia tiene usted como Santa Claus?
Le quise decir que yo no quería ese trabajo, sino el del “mail run”, pero terminé diciéndole que no tenía ninguna experiencia. Se quitó las densas gafas negras y se me quedó mirando perturbado un instante, después comenzó a explicarme lo importante que era el trabajo de Santa Claus.
- El señor Dick Tracy, de nuestro Departamento de Seguridad, tendrá que hacer las averiguaciones pertinentes sobre su pasado... ¿Le importaría?
- Por supuesto que no, mister Kent --le contesté--...inclusive puedo darle nombre y direcciones de personas que pueden recomendarme bien...
- ¿Quiénes?
- Perry Mason, Joe Luis, Mickey Mantle, Mini Miñoso, Ricky Ricardo...
Se echó hacía atrás en la silla giratoria y nuevamente, esta vez en una forma muy personal, se me quedó mirando efusivamente. Pensé que quería penetrarme con aquellos ojos verdosos que miraban más allá de la piel.
- Tengo que serle franco, nosotros nunca hemos tenido un Santa Claus de origen hispano; y la verdad, no sé si usted se sentiría cómodo en este trabajo...
- Créame, mister Kent, no lo defraudaré...
- Dígame, ¿los hispanos creen en Santa Claus?
No le respondí enseguida (¡necesitaba tanto ese empleo! Una respuesta equivocada podría echármelo a perder!). Después traté inútilmente de imaginarme la brillantez incandescente de una piedra Criptón. Al fin respiré, medio ahogado por la tensión, y le contesté sin más ambigüedades:
- Los que vivimos en Nueva York si creemos...
- ¿Y los otros?
- ¿Los otros?
- Sí, los de México, Puerto Rico, Cuba, Colombia, Perú, Venezuela, etc. etc. etc.
Me asombré ante sus conocimientos geográficos y le dije terminantemente que no.
- ¿No? ¿Entonces en que creen?
Aquellos ojos reanudaron en una forma profunda la auscultación de mi cuerpo. Después, tras un breve silencio, oí su voz monótona repetir lo que antes había escuchado muchísimas veces:
- No creo que este trabajo sea para usted...
- ¿Por qué no?
Entonces, lo recuerdo claramente ahora, me ofreció toda una serie de explicaciones que encontré, como la ciudad, como la oficina, como su persona, extrañamente absurdas. Afuera ya la mañana, como todas las de Nueva York, se había hecho de unos cielos morados y oscuros que daban a los ruidos de la calle la pesadez ensordecedora de ambulancias y sirenas policíacas.
- Mister Kent... ¿le puedo ser franco?
- Por favor, por favor...
Mr. Kent hablaba el inglés con un extraño acento que no pude ubicar inmediatamente en el planeta).
- Yo necesito mucho este trabajo... Llevo muchos años trabajando en un restaurante y no creo que pueda progresar más, además...
- Yo le comprendo muy bien, pero usted también tiene que comprender que nuestra compañía tiene necesidades que...
- Mr. Kent, si usted me da este trabajo yo le prometo que...
Los ojos del hombre frente a mí brillaron tan intensamente que se hicieron casi imperceptibles por los reflejos de la ciudad que emanaban de la ventana. Se pasó la lengua por los labios y esperó a que yo terminara:
- ...yo le prometo mister Kent... –repetí tenso, nervioso, pensando en el color verde opaco de la piedra brillante de Kriptón, sin saber como lo iría a tomar--.
- ¿Qué me promete hombre?
- Le prometo que si me da el empleo... no le diré a nadie que usted es Superman...
© Manuel Cachán
Postmodern Notes (Fall 1990)
El
subway
Nueva York es ceniciento. Me levanté esa mañana, que era sábado, a las diez. Aquí no hay mucho que hacer los fines de semana: te levantas, vas al baño, te limpias los dientes, te cambias de ropa, haces la lista de los comestibles y sales a la calle a comprarlos: arroz, tres latas de frijoles negros, dos libras de picadillo, leche, azúcar, pasta de dientes, salsa de tomate, cebolla, ajíes y después con el carrito cargado camino las cuatro cuadras de regreso. Eran casi las doce del día y no había calor porque estábamos en septiembre. La vecina italiana, cuando me vio pasar, me regaló una planta verde y pequeña que coloqué sobre la mesa cuando llegué al apartamento. Tuve que salir de nuevo a la bodega para comprar un poco de abono y un líquido color marrón que el bodeguero me recomendó para alimentar la planta. Le puse tierra negra, agua, y la llevé a la ventana de la escalera de incendio para que le diese el último sol de la mañana. Esa noche me llamó María y la invité al cine, me dijo que no le gustaba la película que echaban en el Astoria y decidió cocinar un plato de arroz con gandules en casa. No pudimos ver a Yoni Carson porque era sábado, pero nos metimos un “güestern” italiano con ese tipo que salió elegido alcalde de un pueblo de California no hace mucho. Esa noche María y yo terminamos haciendo el amor en el sofá. Se quedó conmigo toda la noche y hablamos hasta por los codos de Puerto Rico. Últimamente se me ha metido en la cabeza irme a Puerto Rico. No sé, normalmente estas ideas de irme de Nueva York me empiezan allá por noviembre, cuando hay un frío del carajo en la calle. Sin embargo, ahora sí, ya quiero irme. Supongo que ha de ser por la cantidad de tiempo que llevo por aquí y porque cada año la necesidad de irse es más apremiante y llegará un día en que tendré que largarme de verdad. El año pasado fue Santo Domingo, el anterior Jamaica (por la influencia de una compañera de trabajo), y el anterior fue Haití (cuando me enteré que Papa Doc se había ido). Aún me quedan un cojonal de islas en el Caribe, así que cuando se me acaben tendré finalmente que escoger.
Después que María se fue, puse el televisor en el canal cinco donde estaban dando una película del cubiche ese que se suicidó en Roma hace unos años, creo que se llamaba “El regreso”, o algo por el estilo. Antes de acostarme me asomé a la ventana de la escalera de incendio para darle una ojeadita a la matica que me había dado la vecina. ¡Pobrecita!, la vi encogida, triste, casi con ganas de llorar. Decidí entrarla y comencé a decirle cosas lindas (Vanidades decía que era bueno hablarle a las plantas) y le conté muchas cosas de mi niñez que ya casi se me había olvidado. No le noté ninguna mejoría, por eso la acosté junto a mí en la cama y le dije que algún día también me la iba a llevar a Puerto Rico. A eso de las diez nos quedamos dormidos los dos.
La culebra sale de la cueva y entra corriendo por el pasadizo que se ilumina con luces, paredes llenas de anuncios, cuerpos de gentes que pasan a una velocidad increíble, sonidos que salen como chillidos de las patas metálicas de acero, pasajeros que se amontonan en las puertas esperando la salida, la larga plataforma que se visualiza:
C O C A COLA W I N S T O N taste G O O D QUENS B OUL evard...
Las puertas del vehículo se abren, y de pronto entra otro raudal de cuerpos buscando asientos. El tren sale nuevamente y la culebra se mete por el agujero que apaga luces y hace parpadear a los semáforos como un arbolito de Navidad. Es un tren expreso y nos lleva por estaciones vertiginosas:
SANTA CLARA Holguín CALABAZAR
Luces que se apagan, frenos que ensordecen, para y arranca, oscuridad total, arranca, sale otra vez: ¿CALABAZAR? (¿El letrero de la estación decía CALABAZAR? ¿Dónde está Taim Escuear?)
Llego fatigado, extrañado, teniendo como fondo la música de salsa del disquero de Taim Escuear. Veo a la gente correr entre los pasillos azulejados que se parecen a los baños públicos de España. ¿CALABAZAR? Me voy a trabajar, a olvidarme de todo (afuera, ya en Brougüey, hay cincuenta y dos grados faringey): de las tapas de las cloacas sale humo. De los tubos de escape de los autobuses. Sale humo de la gente. De mi cabeza. Sale humo.
Si la guerra nuclear comenzara en estos mismos instantes en el mundo, los arqueólogos del año tres mil y tantos, o los nómadas del veintisiete --también tres mil—nos iban a encontrar acurrucados dentro del tren, como manchas de luz en el amasijo que descubriesen entre los escombros de la estación del sogüay (sombras atómicas reflejadas en el titular de mentiras que leí hoy en el periódico)...
Hoy es el miércoles, que no es tan importante como el domingo, ni tan denigrante como el lunes. A la matica se le han secado las hojas y cuando le dije al bodeguero que el fertilizante que me vendió no servía, me contestó que las matas no solamente necesitan comida. “A las matas, como a la gente --me dijo el bodeguero--, no se les puede transplantar y esperar que continúen viviendo como si nada les hubiera sucedido”.
El jueves salí de la casa temprano para averiguar el misterio. Me he sentado en el tren tranquilamente a esperar a las estaciones que se han agolpado en el recuerdo: Santa Clara, Holguín, Calabazar... Me bajo en Taim Escuear y regreso en el tren local que va a Cuins en un andar despacio, casi a brincos, soltando chispas de sus ruedas metálicas, pasándole rápidamente a los grafitis que han pintado los boricuas del Bronx, hastiados del gris subterráneo. Por fin, me bajo en la estación de Calabazar, solitaria y tranquila. Aquí no veo anuncios de la Coca-Cola, ni del café acabadito de colar, ni de televisores japoneses. La estación es una larga plataforma de concreto, forrada de hierro, donde puedo escuchar el eco monótono de mis pisadas que se encaminan a la salida. Con dientes de flores que circundan la memoria del hombre oscuro que llevo por dentro, repito incansable el nombre de CALABAZAR que se hace imagen verídica ante los ojos. La luz me penetra las pupilas cuando salgo al cielo azul coronado por un sol que despeña villas de palomas, muertas ya en mis recuerdos. Afuera, exuberante, está el pueblo de CalABAzar, con sus fantasmas que sólo yo puedo ver, en medio de callejones y parques, rompiendo la monotonía del tiempo...
- ¡No fue un sueño!
María, para distraerme en estos días que parecen terminar con la existencia, se ha quedado contemplándome. Mientras le hablo puedo también observar la plantica que me regaló mi vecina. El pequeño arbusto taciturno se ha negado a continuar la existencia. Es una figura cadavérica, sin tallo ni hojas.
- Ven conmigo y te convencerás...
Ya dentro de la serpiente subterránea del sogüey, las estaciones del tren pasan ante nuestros ojos con una velocidad iracunda. Con María me bajo en CalABAzar. La siento apretada junto a mí, con un temor que dificulta sus ilusiones de paraíso. Ya afuera de la estación, los reflejos del sol nos ciegan. Como una litografía, nos dejamos pintar por el arco iris que converge, y que comienza a recobrar su tiempo en mi memoria...
© Manuel Cachán
Postmodern Notes (Fall 1990)
El santero
Cuando me desperté y abrí los ojos, ella estaba sentada al borde de la cama. Hacía catorce años que no dormía y estaba ya acostumbrado a encontrármela allí cada mañana. Aún no había colado café, por lo que sospeché que algo le molestaba. Me tiré de la cama y pasé por su lado sin decirle nada. Llevábamos viviendo en Maniatan, en aquel mismo apartamento, casi una década. Cuando terminaba de cepillarme los dientes olí el aroma del café que llegaba rápido esta vez. Después, oí su voz melancólica y dulce:
- ¿Trabajas hoy todo el día?
Le dije que sí cuando volví a pasar junto a ella en dirección al olor del café.
- Anoche los vi otra vez.
- ¿Cuántos eran?
- Dos...
- ¿Hombres?
- Sí...
- ¿Quiénes eran?
- No sé, no los conocí... ¡Eran nuevos!
Abrí la puerta de la calle y recogí el periódico usado que siempre me dejaba el vecino en el suelo. El titular de la primera plana explicaba la invasión de los Marines en Panamá. Me senté a leer las noticias en la sala y ella, silenciosa como siempre, con los ojos bien abiertos, se sentó cerca de mí. “Eso te lo dije la semana pasada” --me comentó indicándome el titular del periódico.
- Sí, ya lo sé...
Me dejó leer y después me preguntó:
- ¿Salió igual?
- Más o menos, como todas las guerras...
Cuando miré el reloj de la sala eran ya casi las diez de la mañana. Doblé el periódico y me encaminé al último cuarto del apartamento. Ella me seguía melancólica por toda la casa.
- A las diez llega la señora Ramírez, ¿verdad?
Me dijo que sí con la cabeza:
- Ya está subiendo las escaleras...
Yo aún no la había sentido.
Cuando volví a la habitación ya Ahciro entraba con la mujer.
- Buenos días...
La señora Ramírez me contestó con timidez y se sentó en silencio en uno de los sillones que le mostré.
- Usted está preocupada por sus hijos...
- Sí...
La media hora pasó apresurada y la señora Ramírez se marchó con una receta que le di de rompesaragüey y albahaca para hacerse una limpieza. Se despidió con mucho respeto: en esa media hora le había leído toda su vida.
Ahciro y yo nos conocimos en una fiesta de Nochebuena, después que me licenciaron del ejército en el 65. Al principio de vivir juntos, me despertaban de madrugada sus extraños diálogos con las paredes. Después, vinieron las profecías: supo cuando iba a morir el inquilino del catorce. Se adelantó al fuego en el mercado del barrio, al choque del autobús con el taxi, al divorcio de Juan y María, meses antes de que sucedieran. Por fin, los diálogos fueron con papá. No es que dudase que el espíritu de mi padre viviera conmigo desde hacía muchos años, pero nunca lo había visto como aquella noche que Ahciro lo llamó...
Mi compañera ha estado melancólica todo el día. A veces he pensado que la falta de sueño la ha privado del goce de las pesadillas. Ahciro habla, discute, mantiene largas y profundas conversaciones, a veces en lenguas que no entiendo. Hay días en que parece estar en un estado catatónico que la transporta física y espiritualmente a un mundo de otras realidades. Hoy ha sido así. Ahciro no se ha reído en todo el día, la he visto esta tarde mirando a la lejanía desde la ventana de la cocina, sobrepasando la distancia de los edificios del barrio, los ruidos en español de los vecinos, las sirenas de las ambulancias y carros de la policía que llegan de lo lejos...
Ahora, que nos sentamos a comer, se me ha quedado mirando a los ojos y me ha dicho que las visiones que anoche la visitaron no eran de espíritus. “Tu papá me lo acaba de decir” –suspira, mirando al viejo que también está ahora sentado con nosotros a la mesa. “Tenemos que cuidarnos de esa gente”.
- ¿Qué importancia tiene?
- Ninguna, ¡tienes razón!
La veo sonreír por primera vez ese día.
A las once, tratábamos de acostarnos. El viejo comienza a preguntarme cosas de hace muchos años que ya ni recordaba. Ahciro, sentada al pie de la cama, sirve de intérprete entre mi padre y yo. Le contesto parcamente, dejando que el sueño me penetre. La luz de la lámpara de noche se ha entristecido y la voz de mi padre va haciéndose una dulce monotonía de sonidos...
El estruendo derribó la puerta de nuestro apartamento. Cuando me vine a despertar del todo ya era tarde. Los dos hombres habían entrado en nuestra habitación armados con escopetas recortadas. La mirada de Ahciro se endulzó cuando se cruzó con la mía y sus labios murmuraron los nombres de los hijos de la señora Ramírez. Antes que pudiera levantarme, ya el primer fogonazo me había dejado muerto sobre la cama. Mi padre se me acercó y por primera vez en muchos años le pude sentir totalmente vivo. Un inmenso halo de luz comenzó a salirle a Ahciro del cuerpo. En la puerta del cuarto los dos hombres apuntaron nuevamente sus escopetas y dispararon al unísono. El fogonazo enloquecedor se fue a incrustar contra el fondo del cuarto, dejando manchas oscuras esparcidas por toda la pared.
Mi padre me distraía ahora con sus explicaciones de la nueva realidad a la que había llegado. Después, comprendí claramente que por los últimos diez años había vivido en el mundo solamente acompañado por los muertos...
© Manuel Cachán
Postmodern Notes (Fall 1990)
La última
canción del Beny
La pesadilla lo despertó sudando. La guaracha que venía soñando por veinticinco años se había convertido aquella madrugada en los rostros de Generoso en el trombón, Lázaro Valdés en el piano, y Pedrito Jiménez en la trompeta; y al frente de ellos el grito estridente del Beny, el bárbaro del ritmo. Se levantó, fue a la cocina y calentó el café frío que estaba sobre el fogón. Encendió un cigarrillo y dejó que los reflejos de luz que entraban por la ventana de la calle lo terminaran de despertar. Una botella que explotó en mil pedazos en la esquina de la avenida lo sobresaltó e hizo que el espíritu nervioso del cigarrillo se hiciese un remolino de humo desde sus labios. El reloj de la sala decía que eran las cuatro de la mañana.
- ¿A qué hora te levantaste Delfín?
Mientras preparaba la cafetera italiana la mujer le miraba insistentemente, apremiando una respuesta. El no levantó los ojos de El Diario cuando le respondió:
- A las siete...
- Mentira... tía Aurelia me dijo que fue por la madrugada...
Delfín se encogió de hombros y refunfuñó el nombre de la muerta.
- ¿Qué dijiste?
- Ná, que tú sabes que tía Aurelia se murió en Las Lajas hace veinte años...
- Cada vez que hay luna llena nos vela toda la noche...
La mujer se sintió triste y no le hizo caso a la incredulidad de su marido.
- El Beny se me apareció anoche otra vez...
- ¿En espíritu?
- No mujer, ¡los espíritus no existen! ¡En sueños! --le dijo sonriéndose.
- Tú y tu maldita pesadilla...
- Este mes lo he soñado siete veces, y sólo estamos a dieciocho...
- Alégrate que este año es bisiesto, quizá puedas engañarlo al final de febrero...
Esa misma tarde su comadre llamó por teléfono desde Nueva York y Eloísa, que no estaba pagando la llamada, estuvo hablando con ella por casi una hora. Cuando colgó le dijo a su marido que alguno de New Jersey lo vendría a visitar el domingo con un encargo importante...
- ¿Qué encargo?
- No sé, la comadre no me dijo...
Entre la radio, El Diario, El Heraldo, las salidas a la bodega, a la farmacia, y el juego de dominó en el Club de los marianenses ausentes, la semana del pensionado se fue casi corriendo.
Vivir en Miami es un lujo que muchos de sus amigos músicos de Nueva York no se atrevían a hacer, debido a que los hijos se les habían casado con americanos. Además, aún tenían aquella cosa del ritmo comiéndoles por adentro y alguna que otra vez se conseguían un bailecito en un club social del Bronx, o en el salón de fiestas de una iglesia de Brooklyn. Delfín no. Desde que había salido de Cuba, inmediatamente después de la muerte del Beny, había entrado a trabajar en una factoría de Hialeah y allí se había retirado. En la radio sólo escuchaba las noticias y de vez en cuando los comentarios de García Sifredo, o de Aldeaseca. Desde su llegada a Miami había podido comprarse la casita de la sagüesera, un carrito que aún le quedaba varios años de vida, muebles modernos para la sala, un televisor en colores para ver las novelas, y nada más. En aquella casa, por veinticinco años, no se había escuchado la nota musical de un danzón de Barbarito Diez, de un bolero de Ñico Membiela, y menos una guaracha de Beny Moré, a quién se le guardaba en los recuerdos de la memoria. “La música” --como decía su mujer—“la llevamos los cubanos por dentro, bien guarecida en la añoranza”.
Cuando el domingo en la mañana Delfín abrió la puerta, se encontró con la figura desmejorada de un hombre flaco, pálido por la falta de sol en el norte, vestido con un traje de lana azul, y una cajita de pasteles que probablemente había comprado en la panadería “La Rosa” en camino a su casa. Se llamaba Antonio Grajales y era un mulato de Guanabacoa. Eloísa le hizo inmediatamente café y Delfín se puso a hablar con el hombre. Hacía muchos años que vivía en Nueva York, desde los años cincuenta, y mucho tiempo antes, “cuando tenía el embullo para la música”, había tocado la flauta con la orquesta de Fajardo. Acababa de regresar de un viaje a Cuba, donde aún le quedaban varios sobrinos y una hermana menor. “En Regla una mujer” --nerviosamente comenzó a buscarse en los bolsillos—“me ha dado un encargo para usted”.
- ¿Para mí?
Le entregó un pedazo de papel con un nombre y una dirección.
- ¿Quién es ella?
- La conocí en casa de una sobrina en Regla y cuando se enteró que yo era músico me hizo prometerle que me pondría en contacto con usted...
- ¿Conmigo?
- Sí...
- ¿Por qué?
- Porque ella sabe que usted tocó por muchos años en la orquesta de Beny Moré...
Después un silencio profundo.
Eloísa terminó de freír los plátanos y los tres se sentaron en el comedor: un arroz con pollo, cerveza fría, maduros, pan y cascos de guayaba con queso crema. Durante el café, después de más de tres horas sin volver a toca el tema, el flautista insistió:
- Ella me dijo que era hija del Beny...
- Imposible...
- ¿Por qué no, viejo? ¡Tú sabes como era él!
- Pero lo más importante...
Otra vez el silencio profundo.
- ¿Qué?
- Ella dice que tiene la partitura de la última canción que compuso el Beny antes de morir, una guaracha...
- ¡Pero eso es imposible!
- ¿Por qué no, viejo?
- ¡No te metas en esto!
- Una guaracha... ¡yo vi la partitura!... creo que la tituló “Diálogo de Regla”... ¡Se parecía mucho al tipo de música que él componía! Las hojas estaban amarillentas y olían a jazmín...
- ¿Por qué no se la dio?
La respuesta le llevó al hombre media hora para explicarla y a Delfín otra media ahora para asimilarla.
- ¿Así que tengo que ir a Cuba a buscar la partitura?
- Dijo que ése había sido el deseo de su padre...
- ¿ Y por qué ella esperó tanto?
- Me aclaró que era encargo de Beny Moré. esperar veinticinco años...
- ¡Por aquello de que veinticinco años no es nada! ¿verdad?
- Veinte, viejo, veinte...
El hombre no le respondió, pero se imaginó sus treinta y siete en Nueva York.
- ¡Supongo que a los muertos no se les puede decir que no!
El viaje lo comenzó a planear en febrero y lo pudo lograr alrededor de agosto, cuando Miami se empeñaba en hacerle la vida imposible a quienes no quisieran encender los aires acondicionados. Desde enero, precisamente el 28 de ese mes, había dejado de tener sus pesadillas con el Beny. Sin embargo, en su casa aún no se tocaba la música del bárbaro del ritmo, ni de ningún otro sonero cubano. Contrario a lo que decía Luisito Aguilé, el son se había quedado para él en Cuba...
La noche fue larga y penosa en el aeropuerto. Eloísa lo acompañó hasta que les avisaron que el avión estaba listo para ser abordado. Ella se despidió llorando, emocionada, deseando acompañarlo. El se fue renegando de su suerte, de su pesadilla, de su antiguo y viejo amigo del alma que le exigía tal sacrificio...
En La Habana, a oscuras, porque no hay electricidad, y después que el avión aterrizó, Delfín recordó su viaje a Santo Domingo, unos años antes. Cuando comenzó a entrar por la aduana, la conocida voz del Beny Moré le interrumpió sus recuerdos y se hizo una realidad en las bocinas del aeropuerto:
Me voy pa’el pueblo...
Hoy es mi día
Voy a alegrar con el alma mía
Lara la lala la lala, larala, larala
(la guaracha de Mercedes Valdés, cantada a toda voz por el Beny y su orquesta: Generoso Jiménez en el trombón, Jesús López en la tumbadora, Lázaro Valdés en el piano, González en la batería, y ¡sí!, su propia voz en el coro, con las de Enrique y Gil)...
Por la ventana de la vieja “pecera” que tantos recuerdos le traía, pudo ver la luna llena habanera... ¡Recordó que a la tía Aurelia le gustaba velar a los suyos en noches como ésta! Después, cuando pudo comprobar que nadie lo observaba, se puso a tararear la música que le traía la soledad ancestral a la memoria...
© Manuel Cachán
Postmodern Notes (Spring 1992)
Los
desheredados
Se lo habían dicho, o quizá él pensaba que se lo habían dicho. A veces recordaba lo que había dicho o había hecho, que estaba consciente de que la realidad era una nebulosa. Lo más terrible de todo era que la idea era aceptada, que al final no la temía. No poseía ningún escrúpulo contra ella, ni siquiera la más pueril repugnancia. Su madre se persignaba azorada cuando la veía caminando de un lado a otro de la habitación, o por el patio de cemento lleno de arecas y latas de chorizo vacías, hoy rellenas con tierra y flores. Sus veintitrés años, llenos de vigor en la espalda encorvada, en las tenazas que utilizaba como manos, en el rostro indescifrable de tonalidades infantiles, era el vacío de una negación total. La esterilidad era perenne, producto de un cansancio de vida, de una repugnancia de existencia absoluta. Estaba cansado de vivir sin nunca haber vivido. El mundo, su mundo en los abismos de la inconciencia, lo era sin novia, ni trabajo, ni ideales, ni Dios, ni religión, ni hijos, ni hogar, ni hambre. Sólo su madre. Asunción Martínez viuda de Rosendo, de ocupación su casa, edad sesenta y siete años, natural de España pero nacionalizada, canosa, delgada hasta formar unos espesos pellejos color de cera mugrienta sobre un esqueleto que mostraba en cada esquina de su humanidad, miope, várices, úlcera en el duodeno, pensionista de la Caja de Dependientes de Comercio, sesenta y seis pesos mensuales, propietaria, dos habitaciones, sala, saleta, cocina, comedor, baño, techo de tejas, descoloridas por la lluvia, goteras, pintura descascarada e incolora, cortinas estampadas con flores amarillas y rojas, olores a comida rancia en la cocina, a orines en el baño, casi ya sin azulejos, o con ropa colgada detrás de la puerta, sudada, raída, descolorida... Aquello era su mundo. Una realidad que trastornaba su mente ya conformada con la irrealidad. Sin presente, pasado o futuro. Tuvo ideas de huir (sólo tenía que cruzar el patio de Gumersindo, salir por el portal de Leandro, cruzar el fondo de la panadería, encaminarse por la calle de Guzmán el Bueno hasta Oquendo y Amistad, tomar el tranvía hacia los muelles y desde allí, en el Marqués de Comillas, dirigirse a Nueva York y escribirle a su madre diciéndole que todo marchaba bien, que estaba ganando mucho dinero, que se había comprado un automóvil, que vivía en un apartamento que tenía refrigerador, que había ido a bailar, que se había acostado con una puta, que el Four Roses le gustaba mucho y lo emborrachaba cada fin de semana...) Mentirle a su madre por toda una eternidad.
Recogió la carta de su buzón y subió los dos pisos lentamente. Afuera aún había luz, pero el interior del edificio estaba casi a oscuras. A mitad de cada piso, la pobre luz penetraba los peldaños de la escalera y a veces se disfrazaba de oscuridad en el quicio de una puerta. Llegó silenciosamente hasta su apartamento y lo abrió. Su cama, aún sin hacer, y la camisa blanca colgando de la puerta del baño, indicaban su soledad y naufragio. Por la ventana semiabierta penetró el ruido que traía el viento de la bahía, y el silbido a presión de la calefacción. En el ancho butacón de flores, aún sin quitarse el sobretodo, comenzó a leer la carta de su madre. Una letra menuda, con tachones en oraciones completas y frases melodiosas y llena de cariño, fue todo el contenido de ella. Al final, como un saludo requerido, el “fuerte abrazo de tu madre que no te olvida”. Se bañó, encendió el televisor, dejó que la carta se llenase de polvo por dos semanas sin contestarla. “Hijo mío, deseo que me escribas lo más pronto posible”. Esa mañana se desayunó con un vaso de leche y un café negro, después en la parada de Queens Boulevard, tomó el tren que lo llevó hasta Manhattan. Se bajó en la cuarenta y nueve y caminó casi tres calles hasta que penetró en el alto edificio inundado por un ejército de hombres y mujeres apurados. A las diez y media pudo completar su libro de Caja y decidió ir al baño. Frente al espejo observó la palidez de su rostro, y sus ojeras pronunciadas. “Todo está en iguales condiciones, no hay esperanza de que tu padre sane”. Almorzó apurado, el café norteamericano aún poseía un sabor a jarabe andaluz, sobre todo en las cafeterías de Nueva York. Aquella tarde recibió con agrado el sobre abultado que le había llegado en el correo. Su madre, pálida en aquel vestido negro, junto a sus hermanos, parecía languidecer con suspiros melancólicos y tristes. No conocía el árbol de aguacate que estaba en el fondo de la casa y su sobrina le pareció una preciosidad bien pobremente vestida. El cartel en la calle, que enseñaba la fotografía, anunciaba una revolución. ¿Era aquello real?
Lo cogieron por el brazo, se dejó llevar tranquilamente, sin resistencia, los dos hombres preguntándole setenta y cuatro estupideces y si cocinaba en su casa, o quién era el que regaba las flores aquellas tan lindas del patio, y si le gustaban los jardines, o que le iban a presentar a un médico amigo de ellos que tenía una casa grande, con jardines, fuentes, televisor y radio, y pensó en su vieja que se iba a quedar sola. Tuvo náuseas por un instante, pero recordó que sólo había comido un pedazo de pan con leche condensada y que el estómago no le permitiría vomitar. Cuando llegó a la cocina se encontró con Raposa, el perro de ocho años que le había regalado cuando estaba en el colegio, colgado de un clavo en la pared. ¿Quién lo había matado? ¿Pensaría aquella gente que él había matado a Raposa?
Su inglés no había mejorado mucho aún, el acento se proyectaba en sus labios carnosos y rosados. Boston, Chicago, Miami y Tampa fueron las ciudades que visitó por los próximos años. Aquel año se decidió venir a Nueva York, regresar a los fríos acérrimos, a los rostros autómatas, y a los ruidos bulliciosos de una ciudad arruinada por todos, y a las líneas de la carta de su hermana: “Se fue mencionando tu nombre, y confundiendo a mi hijo contigo”. En la iglesia de Saint Joseph of the Buck, con las tablillas de himnos dominicales, el órgano de raro espesor y majestuoso, y la pobre luz solar penetrando por los cristales llenos de vírgenes y cristos compungidos, mandó a celebrar una misa por el eterno descanso del alma de su madre.
Después de la reunión a la que no le dio mucha importante se trasladó a Maniatan --¡había sido una cosa sin valor! ¿A qué otro grupo, que no fuera cubano, se le iba ocurrir asesinar a Castro?--. Francisco Menéndez, compañero de infancias y juegos, tres años de seminarista en Zaragoza, casado, con dos niños y una guapa mujer, no había cambiado nada físicamente. Habíamos estudiado en La Salle, primero en Marianao, pueblo ascético en costumbres y años, y después en la Academia, varios kilómetros pasando el puente. Le decíamos Paco Sapiencia, no sé si por lo de su cara de sapo, o por sus preguntas inoportunas que acostumbraba a hacer a los profesores raquíticamente preparados. Había sido, verdad es, buen estudiante. Precursor de la revista estudiantil, escribía artículos filosóficos, que nadie leía, como hobby o como signo esnobista. Su sentido del humor refinado era a veces petulante –quizá porque lo recordaba siempre leyendo a Mad y no nos gustaba que supiese leer el inglés mejor que todos nosotros, y se exhibiese por todo el colegio con aquella revista yanqui. Había puesto de moda la filosofía de Pelencho, filósofo, que según él, había nacido en Cuba antes que Martí, durante los tiempos de doña Guiomar, y que había muerto de unas terribles diarreas --¡repitiendo sus palabras! —“cuando el marino yanqui se había hecho las heces fecales en la estatua ecuestre”--. Me fue a esperar en la estación de autobuses de Newark. El ambiente norteño me pareció diferente en aquella parte de New Jersey. La gente no caminaba acompasadamente como en el sur –conocía desde las Carolinas hasta Key West--, el apresuramiento, entre aquellos rostros cansados, agobiados por tanto humo de chimenea –pensé--, por tanto crimen de sábado por la noche, y tanto welfare –seguí pensando—debería tener atrofiado a aquellas gentes su sentido de la estabilidad, del tiempo, de la vida. Lo vi y comencé a gritarle haciendo caso omiso a los rostros blancos y negros que nos observaban confundidos con nuestros abrazos.
- ¿Quién lo iba a decir? ¡Los dos sumergidos en esta ciudad, tan absurda y llena de fecales blancas!
- ¿Fecales blancas?
- La nieve, la nieve... ¿Te has olvidado de la fraseología pelenchiana?
- Siempre tú... ¡No cambias!
- He cambiado mucho...
Me lo dijo sin gracia, no supe cómo tomarlo. Quizá era otro de sus tantos chistes, pero esta vez no, algo me decía que Paco había cambiado.
- Y la gente... ¿Cómo está?
- ¿La gente? Probablemente me estás preguntando por aquel grupo heterogéneo, sin clasificaciones zoológicas, que nos aunábamos en los buenos tiempos de la burguesía sin las gracias...
- ¿Sin las gracias?
- ¡Carajo! ¿Te olvidaste? ¡Sin el “Gracias Fidel, ésta es tu casa!”!
Eran las cuatro y media de la tarde. ¿De la tarde? Afuera la noche se ha adueñado del frío callejero, de los edificios viejos, de los pantalones de los transeúntes –hombres y mujeres--, de los pasillos oscuros y calentados por el silbido de la calefacción, los gritos de los muchachos por la calle, hablando inglés, y riéndose en cubano, más gritos por las escaleras, más recuerdos, y Sapiencia hablando, diciéndome cosas para pensarlas dos veces: “Nosotros los cubanos somos un éxodo sin patria, pero con amo --¡el dólar, canalla, el dólar!”--; “la verdad los hará libres” --¡y después a tirarse de un cuarto piso, cuando se comprenda lo terrible que es!--; “El hombre de carne y hueso, que pregonaba Unamuno en su descarga, no era del todo de carne y hueso... --¿dónde se dejan las uñas, el pelo, el sudor, la mierda y el vómito, o las lágrimas?”.
Cuando dieron las ocho y media nos sentamos los cinco a la mesa (Sapiencia, su mujer, los dos niños y yo) y nos comimos la comida del exilio: arroz con pollo, plátanos fritos, ensalada de aguacate, cerveza, guayaba con queso blanco, café y un tabaco, los gritos de los niños, la docilidad de su mujer, los pensamientos de Pelencho...
- ¡Ya lo dijo Pelencho!
- ¿Qué?
- ¡Dime de qué color es la sangre y te diré si te han herido!
- Sapiencia...
- Dime...
- Tengo que decirte algo...
- ¿Importante?
- Psssssssss...
- ¿No me vas a dejar decirte el último aldabonazo de Pelencho?
La seriedad de mi rostro, mi rictus de tristeza, mis ojos brillantes, la mueca de mis labios, y su intuición, le hicieron prestarme atención.
- Dime, ¡soy todo oídos!
- Soy marxista...
Sus ojos penetraron los míos y después, como en aquellos años que en nuestra niñez jugábamos en el patio del colegio, su voz filosófica tomó caracteres cómicos.
- ¡Estas jodío’mi’é’mano! ¡Te ha vencido el exilio! ¡Cuánto lo siento!
Por fin, no se rió más en toda la noche.
© Manuel Cachán
La Gaceta de Cuba (La Habana) (febrero 1994)
Fragmentos
de un crimen
Hace como una semana me comenzaron a salir arrugas por toda la cara y envejecí en dos días. Hace años que las estaba esperando y por eso llevaba varios meses haciendo planes para retirarme. Para buscar una casita en una de esas playas de la Florida o Georgia y esperar que el viejo con la guadaña se me apareciera de repente en una madrugada de frío y viento.
El médico no pudo explicarme exactamente las razones de mi envejecimiento prematuro pero insinuó que quizá todo fuera temporal. Me recomendó que dejara de escribir por un tiempo y que me dedicara a otras labores que no fueran pedagógicas. Puse todo lo que poseía en un U-Haul y me fui a México Beach en la costa floridana del golfo. Allí me quedé una semana pero me molestaron el salitre, los viejos taciturnos caminando por la playa al ritmo de la marea, los cuerpos adormecidos por arrobas de grasa, mi necesidad de seguir comunicándome con los espíritus que me vienen persiguiendo hace tanto tiempo.
Me fui un miércoles porque si lo hubiera hecho un domingo probablemente me hubiera sentido con deseos de ir a Boston a ver a mi hijo que decidió hace ya varios años salirse de mi vida, y si hubiera sido un lunes quizá me hubiera puesto a escribir lo que ahora están leyendo. En Marianao nada de esto hubiera tenido importancia porque allí ahora no se preocupan de otros menesteres más importantes. Para propiciar la alegría familiar hubiera sido necesario preparar el ambiente de mi llegada con llamadas de larga distancia que hubieran favorecido cámaras mortuorias. En mi barrio habanero siempre se mezclaban los eclipses azules del presente, con las sonrisas doradas de un futuro que olía a lecturas de un pasado perdido. Por eso, después de vencer el momentáneo anublamiento de la soledad, decidí que mi mala suerte era congénita, y por la falta de sueño, o con la ocupación sigilosa de una disparatada nueva situación, mis arrugas de viejo serían olvidadas con el tiempo.
Antes de continuar, tengo que hablarles de Somber Renek. La conocí en Noultrie, un pequeño pueblito de Georgia que huele a venganza en el verano y a racismo el resto de las estaciones. Hace cinco años, durante las vacaciones de verano después que mi semestre terminó, decidí tomar los caminos menos transitados para llegar a Miami. Pasé primero por Dalvospa, que aunque tiene cierto encanto sureño es probablemente el centro del racismo en el sur de Georgia, e hice una parada en Noultrie. La señora Renek era una maestra retirada que alguna vez había enseñado español a adolescentes que tuvieron su origen en espacios donde la castidad era la excusa para saciar la sed de la caída en el asiento trasero de un Pinto. Las fronteras de su cuerpo se borraban en los remansos bucólicos de parajes vacíos que recordaban a largas bibliotecas sin textos importantes. Sus muslos, como paredes antiguas cubiertas de hiedras que evocaban los recintos universitarios tan comunes en el mundo académico anglosajón, presagiaban un ansía de vida que ella nunca había conocido. Ahora frente a mí, preguntándome si yo hablaba español, se complacería en hacerme olvidar que mi destino era la sagüesera miamense y que aún me quedaban diez horas de viaje. Se me hizo tan tarde hablando con aquella mujer carente de toda gracia, que tuve que quedarme en el Noultrie Inn, un motelito tan vacío como mi anfitriona que me había invitado a cenar aquella noche en su casa. A las ocho de la noche llegué a una calle llena de luces de la policía, rostros agrietados por la espontaneidad de un crimen, y la noticia que Somber Renek había sido asesinada aquella noche por una pareja de antiguos colegas, amantes en su juventud, a los que la maestra con sus chismes y malicias había hecho sus vidas imposibles por muchos años. El Noultrie News describió repugnantemente el desmembramiento y decapitación del cuerpo caduco: la cabeza la habían encontrado en el refrigerador, las manos en la basura, el torso debajo de la mesa, los brazos en la bañera, los muslos en el sofá y los pies, aún con sus zapatos de solterona puestos, metidos en un closet de la alcoba. Misteriosamente después de su muerte, la edad de la mujer había cambiado. Los médicos se sintieron profundamente confundidos cuando comprobaron que la edad que indicaba el certificado de nacimiento de la señora Renek no coincidía con la física. ¿Cómo era posible que una mujer de sesenta y tres años tuviera un cuerpo que, según los indicios de la ciencia forense moderna indicaba casi ciento cincuenta y cinco años de antigüedad? Entre sus papeles la policía encontró suficiente documentación para comprobar que la señora Renek había participado en la Guerra de Secesión, del lado Confederado por supuesto; había sido miembro activo del KKK toda su vida, y de la John Birch Society por más de cincuenta años. Su cronología intelectual no arrojaba ninguna luz sobre las especulaciones que comenzaban a formarse sobre su carácter porque nunca había publicado nada en las revistas académicas. Su jardinero negro muy tácitamente había indicado su ancestral racismo, verificado por antiguos colegas de la docencia. Se le había conocido un amante, antiguo profesor universitario graduado de biología cuando aún las teorías de Darwin no se conocían en el Sur, que había hecho correr rumores sobre su falsa virginidad. Salí sumamente confundido de Noultrie con rumbo a Miami. Nunca la policía me interrogó porque los dos asesinos habían confesado explícitamente su crimen, que ellos llamaban justicia histórica. Ese fue un verano extremadamente ocupado en la ciudad de los cubanos y la figura de la señora Renek se fue a perder entre los últimos vestigios de la memoria.
Ya ahora de regreso el tiempo se ha detenido sigilosamente en las figuras sangrientas de la castración, y la imagen de la señora Renek se ha hecho real esta mañana en la alcoba. Me humillé a mí mismo hurgando entre las pertenencias de mi pasado para ver si descubría su nombre apuntando al azar. Abriendo cajones, tocando medias y brassiers ahora sin dueño, toda esa ropa interior de mujer se hace indescriptible cuando ella está conmigo como ahora. Después me arrepentí porque un idiota como yo se pasará el resto del tiempo averiguando las intimidades de la señora Renek, queriendo saber cuáles son sus pensamientos más íntimos, evitando sus insinuaciones sexuales. ¿Cómo se le hace el amor a un fantasma? Ostentosamente no me volteé para ver si ella estaba dormida, solamente me levanté y busqué el afilado cuchillo de la cocina y por undécima vez comencé a desmembrarla, a decapitar esa cabeza vacía y racista que me lanzó epítetos en el Café de Noultrie aquella tarde memorable hace cinco años. Después, como si nada de esto hubiera sucedido antes, repartí las partes de su cuerpo por toda la casa. A última hora decidí no quitarle los zapatos de solterona, me pareció que le darían a las piernas una sensación macabra que la policía celebraría ostentosamente.
© Manuel Cachán
Postmodern Notes (Spring 2000)
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