Manuel Cachán

 Professor of Latin American Literature (Tenured)

Valdosta State University

Department of Modern and Classical Languages

Valdosta, GA 31689

(229) 333-5948  

Florencio Caballero y Juan Ángel Hernández Lara lo aprendieron del general Gustavo Álvarez Martínez, quien lo aprendió de los argentinos, quienes lo aprendieron de los gringos.  El juego era sencillo: los miembros del batallón 3-16 montaban al prisionero en el helicóptero, ya sin uñas, con ochenta y siete quemaduras de cigarrillos, los testículos torturados con electricidad, medio inconsciente, sorprendido por el frescor de la noche lo subían cinco mil pies y mientras lo empujaban sin impunidad hacía el abismo de la jungla hondureña, le gritaban en el oído: “¡Ve a conocer a Papá Dios!”   Así lo hicieron muchas veces, cientos de veces, algunos dicen que miles de veces.  Lo llamaron “Operación Patuca” en la base de El Aguacate, en Honduras, que servía como centro logístico de los Contra nicaragüenses.  Mr. Mike, un agente de la CIA, estaba allí y puede testificar que es verdad todo esto que les cuento porque él aprobó que Álvarez Martínez, un graduado con honores de la Escuela de las América,  ordenara la ejecución del sacerdote estadounidense jesuita Father Carney, más conocido como el “Padre Guadalupe”.  Yo no creo que ya se le pueda preguntar a Reagan, por lo arterioesclorótico que está, pero estoy seguro que si se presiona al Coronel North, o al señor embajador Negroponte, ellos se acordarían de todo esto. ¿Se acordarán también del ruido de los helicópteros?

            Al tío de Camilo le torturaron (le arrancaron las uñas de las manos y de los pies con unos clavos de dos pulgadas que se los introdujeron con un martillo) un miércoles por la noche, después que lo habían apresado regresando de casa de una novia en Atima, Santa Bárbara.    El niño nunca lo conoció porque su madre se lo dio a una pareja que lo quiso mucho, y que se lo llevó de allí sabiendo que, como a su tío, en la celda también se acurrucan los rincones y era necesario que la risa de los niños, como la discreción de los esclavos, fuera una pequeña vigilia de la embriaguez nacional.  ¡En esos entonces era tan difícil para un niño hondureño poder subsistir en un país que ya no creía en ellos!   “He aquí” --como hubiera dicho el poeta Rimbau--“la época de los Caballeros, de los Discua, de los Hernández Lara y de los Álvarez Martínez, el tiempo de los asesinos”. Era también el tiempo de los arrogantes, de los Nord, de los Negroponte, de aquel mister Mike que disfrutaba la sangre caliente de los torturados y votaba democráticamente cada noviembre en su barrio de Boston.

            Cuando Akiles me llamó me dijo que era importante que saliera inmediatamente para San Pedro Sula porque la negligencia de los esbirros, y de los torturados, era deliberada, que allí los teólogos estaban reclamando un orden secreto que nos confundía poderosamente con la Divinidad.  Nada entendí.  Pensé que él se estaba refiriendo a los cientos de mártires oscuros que pedían que el cobarde hiciera uso de las espadas.  Nunca pensé que todo aquello tenía que ver con los milagros de Jesús.   La iglesia siempre ha proclamado que en las bodas de Caná, Jesús había hecho su primer milagro: la conversión de agua en vino, cuando su madre le había dicho que “ya no tienen vino”.   Hay algo de  espectacular en esta petición, porque aparentemente María ya conocía del poder milagroso de su hijo.  La tradición oral de la iglesia nos recuerda que aunque Jerusalén llegó a comprender esto mucho después, en aquellos momentos el sabor del vino de garrote que le sacó Jesús a las aguas del pozo no iba a ser la única vez que aquel hombre, que muchos considerarían Dios algún día, hiciera su primer milagro.   Años más tarde, María recordaría a Jesús de niño haciendo crecer las alas en los gorriones heridos, desapareciendo el hambre del mendigo con que se habían cruzado en el mercado, poniendo lagrimas en los ojos de los fariseos, resucitando a un perro muerto, riéndose con los eclipses de luna, justificando la vida de los gusanos, la severidad de las serpientes, condenando a los torturadores de todos los tiempos y de todas las épocas.  En otras palabras, era un hombre que si hubiera nacido en nuestro tiempo se le hubiera considerado revolucionario, quizá hasta guerrillero.  ¿Sería entonces posible que Jesús hubiera sabido, mucho antes que pasara en Honduras, que el general Álvarez Martínez, o uno de los secuaces del Batallón 3-16 bajo las ordenes del general, fuera a aplicar electricidad a los testículos del padre Guadalupe Carney antes de tirarlo del helicóptero?   Mucho después girarían sobre nosotros los grandes días y las largas noches de una guerra feliz y el padre Guadalupe, como el Ché en Bolivia, iba a saber de la yaguasa, el jején, el mairguí, el mosquito y la garrapata en los días de manigua y caminares violentos.   Con el tiempo los descendientes de los generales venderían por diez monedas de plata la vida de los niños y aunque alguno de aquellos esbirros militares trató de nacer otra vez en Jesucristo, la memoria del niño Jesús, que María ya conociera tan bien de adulto en las bodas de Caná, no iba a ser suficiente prudencia para que el general fuera asesinado con cuarenta y nueve perforaciones perfectas antes de poder pronunciar definitivamente el nombre de tigres transversales y silenciosos.   Por eso, los que levantaron el cadáver frío del general, pálido, sin sangre, con la mirada perdida en casa del carajo, supieron esa tarde que  a través de los siglos y latitudes, las circunstancias cambian los nombres y los dialectos, y quizá hasta el perfil de los rostros, pero nunca a los antagonistas del miedo, o a los hacedores de la historia de los pueblos.

            Pasarían, creo, como dos décadas antes de que Camilo supiera que cuando él nació el gobierno de su país no se ocupaba de gente como él.  Fue necesario de que su desventura supiera de paraísos perdidos para que la ignorancia se apoderara de aquel abogado Reyes, el muy hijo de puta, que cobró una suma abusadora para que los dos gringos pudieran adoptarlo.  La conspiración para robarle el dinero a los gringos se cierne ahora sobre personajes tan absurdos como el propio Reyes, y dos burguesas ladronas, anchas de nalgas y cortas de alma, que ricas de bienes en este mundo, negando todo valor humano, perseguidas por la lujuria de la cama vacía, consagradas a cantar las desventuras ajenas, aceptaron también, las muy hijas de puta, las monedas de plata que Judas les tendía.  ¡Como si Jesús no lo hubiera sabido, cabrones!   Aunque, para poner los puntos sobre las ies, es necesario recordar que sin la corrupción administrativa de las agencias gubernamentales, particularmente la encargada de las adopciones, nada de esto hubiera sucedido.  Si antes eran los gringos los que llegaban por raudales a las costas hondureñas para adoptar niños que el patrimonio nacional ignoraba, ahora eran los gallegos, patrocinados también por un gobierno conservador, los que solicitaban los mismos favores de la miseria nacional.  El rumor, lógicamente sin confirmar, era que los gallegos, descendientes de Gil González Dávila, Fernández de Córdoba, y los 110 hombres que fundaron la ciudad de Trujillo, traían muchas pesetas para comprar, si fuera necesario, a quién quisiera venderse en el INHFA.   El dinero, no importa su nacionalidad, sabe crear en el aire un sentimiento parecido al amor cuando la miseria crea soliloquios que nunca se dejan ablandar ni por la compasión, ni la gloria.  Aunque pudiera dejar postergadas con símbolos bíblicos a las dos descendientes del esbirro nacional.  

            Quisiera hablarles un poco, en esta tarde calurosa que quiere recordar las diversas etapas de la lujuriosa verdad, de las haciendas, de los campesinos, de los platanales, de la United Fruit Company y de la Chiquita Banana.  Pero, ¿por dónde empezar si los gringos que explotaron esas corporaciones no dejaron en el país ni un sistema de carreteras, ni escuelas, ni casas, ni maestros, ni universidades, ni centros de salud, ni salarios justos, ni siquiera intacta la dignidad nacional?  También, cuando se fueron; bueno, cuando aprendieron a cambiar los conflictos abiertos por los de baja intensidad, enarbolaron los derechos humanos como piedra angular de su voluntad poderosa olvidándose de que en días lejanos ellos mismos habían olvidado, sin escrúpulos, el amor, el sabor de la yerba, el olor del tabaco negro, y el parpadeo de las sombras.  Dejaron establecido todo un sistema de corrupción que los hubiera condenado a la curiosidad del último círculo si se hubiera implantado en su propio país.  Con el tiempo Honduras aprendió a dividirse, por un lado en una clase opulenta, corrupta y abusadora; y por el otro, en la imagen de  rostros de niños hambrientos.  Como plaga invasora que confundía la ira con la indignación, la mayoría del país aprendió a comer tortillas con sal, a vivir aglutinados en chozas con piso de tierra, y a rogarle a los cubanos que trajeran sus médicos y enfermeras.  Atónita, la historia quiso balbucear una disculpa pero se encontró con una pelota de fútbol y el uniforme azul de la selección nacional.

             Cuatrocientas cincuenta mil lempiras más tarde, los nuevos padres de Camilo aprendieron a cuidarse de las sombras que habían dejado como trampas los traficantes y generales que habían saqueado al país  y decidieron esperar el “si Dios lo quiere”, en la inmovilidad de los malvados, en la administración imperial y en el profundo amor que comenzaron a tener por el niño.   Nadie los pudo detener cuando decidieron abandonar ilegalmente el país, ni siquiera la errónea esperanza de un tirano que se les avecinaría en el futuro. Nada pudieron hacer por los huérfanos y viudas que dejaron atrás, los que hacían largas colas en los bancos para recoger los frutos de los aparentes atropellos que los infames les proponían fuera del país.  Después apalabraron a los sujetos agraviados por la historia, se conjugaron con varios jueces y ministros, y comenzaron a circular el rumor de que el país se iba para la mierda.  Tuvieron que convencer a aquellos hombres antiguos para que abriesen preámbulos en el ocaso. Se sonrieron cínicamente con los organizadores de las nuevas rebeliones. Crearon un tiempo en la memoria para que se enalteciera las finanzas de los ricos, y  así urdieron una nueva esperanza en los pobres para que no dudaran en la insurrección que se les avecinaba.     Cuando por fin pudieron abandonar el país, gracias a las gestiones de un Cónsul comprado, supieron que el tiempo les jugaría una improbable ecuación emocional, y que a pesar de todas las obras, de la errónea esperanza del paraíso, de jugar con la historia de la redención, y el nombre de Jesús, nada, aparentemente nada, podría salvar aquel caos el cual no había sido abandonado aún por el cadáver del general...

                                                                        © Manuel Cachán

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